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15 de diciembre de 2010

GREEN SOLUTIONS, FALSE SOLUTIONS

GREEN SOLUTIONS, FALSE SOLUTIONS

Un gran espacio se ha creado en Cancún, durante la cumbre del cambio climático, la COP-16: el muy empresarial Green Solutions que ha gozado de un gran apoyo publicitario y que presenta las propuestas del pujante capitalismo verde que pretende contar con tecnología verde que puede resolver todos los problemas ambientales que padecemos, desde los focos ahorradores hasta los autos y omnibuses híbridos o con hidrogeno. Coartadas ambientalistas para todo tipo de empresas. Tecnologías que resultan finalmente más contaminantes que las existentes. Una colección de falsas soluciones que impresionan a los que no tienen los pies en la tierra.

MEGAPROYECTOS, MEGAPROBLEMAS

En el taller de Megaproyectos coordinado por Ecomunidades en el Klimaforum10, analizamos los efectos destructivos de los megaproyectos, desde su gestación hasta su funcionamiento estratégico, después de una generación: 20-30 años después de su inauguración; desde sus efectos sociales y ambientales deletéreos, hasta sus efectos nefastos en la justicia, la democracia y la cultura; establecimos una breve relación de megaproyectos que va desde las vías rápidas hasta las presas y las extracciones petroleras o mineras. Los megaproyectos como manifestación de las fuerzas de la globalización o como forma superior de destrucción del tejido social y de los bienes comunes; también, como utopía de los grandes empresarios y políticos. Grandes organizaciones ambientalistas, vecinales o regionales nacen y se fortalecen en el mundo, por la proliferación de megaproyectos en todos los continentes. Es urgente desmontar el imaginario social que apoya a los megaproyectos, creado por las universidades y la mercadotecnia política.

LA TECNOCIENCIA ES UN CULTO QUE PARALIZA A LA SOCIEDAD Y QUE SOLO PUEDE PROPONER FALSAS SOLUCIONES

Hoy en día la ciencia se ha convertido en tecnociencia; es decir: en una ciencia nacida de un gran aparato tecnológico de dimensiones cada día mayores que está al servicio del gran capital, al punto que lo científico es sólo aquello que puede recibir financiamiento. Uno de cada dos científicos se dedican a los asuntos militares en EUA. Además, esta tecnociencia se ha convertido en un culto que paraliza a la sociedad con sus "milagros" y sus "visiones" del futuro. Las utopías científicas o distopias, propiamente, describen viajes a otros planetas, ambientes sin vida, manipulaciones extremas de la materia y de los ecosistemas. El reduccionismo que domina al pensamiento científico impide la elaboración de soluciones a los problemas del mundo moderno. No obstante, la tecnociencia se ha convertido en uno de los mayores peligros para la humanidad; la investigación científica está cada día más desquiciada al punto que sus tecnologías más conspicuas, como la nuclear, la genética, la nanotecnología, la robótica y la electrónica, ponen en grave riesgo el futuro de la humanidad y contribuyen cada día más la depredación de los dones de la naturaleza. Por otra parte, esta tecnociencia es totalmente incapaz de ofrecer verdaderas soluciones a los grandes problemas de la humanidad, como el cambio climático o la conservación de suelos, aguas y aires limpios en el mundo; solo puede proponer falsas soluciones, pues está secuestrada por el pensamiento económico y la filosofía utilitarista. Afortunadamente existen científicos como los del grupo INES que tratan de rescatar a la ciencia de su terrible situación filosófica y política.

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Miguel Valencia
ECOMUNIDADES
Red Ecologista Autónoma de la Cuenca de México
¡DESCRECIMIENTO O BARBARIE!
Acción inmediata frente al Pico del Petróleo y al Cambio Climático

14 de diciembre de 2010

Recobrar el Sentido

Recobrar el sentido


Gustavo Esteva


La Jornada
Lunes 13 de diciembre de 2010


Cancún era la última llamada… y fracasó. Podemos aún sacar provecho del episodio si nos atrevemos a derivar de él las lecciones pertinentes: dejar de pedir peras al olmo y pretender que somos Dios.


Hace 20 años los ambientalistas forzaron a Naciones Unidas a organizar la Cumbre de la Tierra. Se congregaron en Río, en 1992, 120 jefes de Estado, ocho mil delegados oficiales y un sinfín de ecologistas y periodistas. Una imagen trató de captar el resultado: la función de teatro siguió adelante mientras el Titanic se hundía. La conferencia, como señaló oportunamente The Ecologist, afianzó la mitología ecológica dominante, hizo visibles los intereses creados que impiden aliviar los males actuales y puso la Iglesia en manos de Lutero. “Tras llegar a la cumbre, todo camino es descenso”, observó entonces Juan José Consejo, uno de los más reconocidos ecologistas mexicanos. Era una advertencia y un recuento. Advirtió a los ecologistas interesados en patrones de vida más sensatos que seguir empleando el emblema que los unía podría llevar agua a un molino que ya no era el suyo. Y mostró que muchas políticas y acciones que pretenden cuidar la ecología la destruyen.


No aprendimos lo suficiente. Seguimos mirando hacia arriba. Kyoto era un paso tímido en la dirección correcta, pero nunca consiguió cabalmente su propósito. Hubo en Cochabamba, en la Cumbre de los Pueblos, propuestas sumamente interesantes, pero Cancún no las tomó en cuenta ni pudo superar el fracaso de Copenhague. Como señaló Vía Campesina, hubiera sido preferible no tener acuerdo alguno a conseguir uno tan malo.


Como es costumbre, se realizó en paralelo a la conferencia oficial otra reunión: el Foro Internacional por la Justicia Climática, convocado por cientos de organizaciones. Su Declaración de Cancún es un documento más valioso que el torrente retórico de la conferencia, pero su contenido es ambiguo. Su lema, “Cambiemos el sistema, no el planeta”, pone el dedo en la llaga. La declaración desnuda el carácter de las propuestas oficiales, encerradas en el “ecologismo de mercado”, y muestra cómo producirán lo contrario de lo que pretenden. Hace propuestas sensatas: abandonar el desarrollismo, establecer límites, concentrarse en los espacios locales, recuperar tradiciones válidas. Todo esto, sin embargo, sigue atrapado en la mentalidad dominante: se cuelga aún de los aparatos institucionales y de la trampa intelectual y política del diagnóstico, un carapacho que funciona como lápida de nuestros sueños de transformación.


Afirmar o negar el cambio climático implica que conocemos bien el planeta, sabemos cómo reacciona y disponemos de los remedios técnicos apropiados. Puro disparate. Soberbia insoportable.


Seguir confiando en las instituciones significa actuar contra toda experiencia y concentrar la energía en el lugar equivocado. Hay luchas que librar, sin duda. Celebremos, por ejemplo, la que llevó al recién firmado acuerdo de Nagoya, en que 193 miembros de Naciones Unidas crearon una moratoria de hecho contra proyectos y aventuras de geoingeniería y condenaron todo intento de manipular el “termostato planetario”. Pero hemos de hacerlo sin rendir nuestra voluntad a los administradores gubernamentales del capital, que seguirán dedicados a la protección de sus privilegios.
Las formulaciones dominantes, epistemológicamente frágiles, conducen a la parálisis. Aunque Evos Morales gobernaran en todo el planeta, no podrían arreglarlo. Hasta los gobiernos más majestuosos están en manos de mortales ordinarios, y todos se hallan entrampados en entresijos burocráticos y tejidos de intereses que atan manos, cabezas y voluntades hasta de los más ilustres.


Necesitamos dar suelo social y político a nuestras hipótesis, para encontrarnos hacia abajo y a la izquierda en la realidad de la transformación necesaria. Por ejemplo:
No debemos generar basura. Más que reciclarla, necesitamos desde rechazar empaques de plástico hasta abandonar el retrete inglés, un hábito pernicioso que consume 40 por ciento del agua disponible para uso doméstico y genera un coctel venenoso que contamina todo a su paso.


En vez de movernos como locos en vehículos contaminantes, debemos recuperar la automovilidad de las piernas, a pie o en bicicleta. Eso es vivir de otra manera, en otro sistema, como lo es comer, beber, vestir, habitar… con sensatez.


Los ejemplos son interminables. Si formulamos en esos términos las cuestiones urgentes, enfrentarlas está en nuestras manos, no en las de instancias globales que nunca harán lo que se requiere… ni pueden ser Dios, aunque lo pretendan.
Ha llegado la hora de cambiar el sistema, no el planeta, como se dijo en Cancún. Eso depende de nosotros, no de quienes derivan de él dignidad e ingreso. Quienes salían de Cancún, observó Leonardo Boff, iban muy descontentos con el resultado, pero decididos al fin a tomar el asunto en sus manos.