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19 de septiembre de 2010

Doce preguntas sobre el Decrecimiento

Doce preguntas sobre el Decrecimiento

Doce preguntas sobre el Decrecimiento
7 sep 2010 | Escrito por Nur Sajarah | Categoría: La Tienda donde se detiene el Tiempo

Por Carlos Taiboprofesor de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid, donde también ha dirigido el programa de estudios rusos del Instituto de Sociología de las Nuevas Tecnologías. Es autor de una veintena de libros en castellano, en su mayoría relativos a las transiciones en la Europa central y oriental contemporánea. Carlos Taibo es partidario de los movimientos antiglobalización y uno de los más destacados defensores de la corriente de pensamiento político, económico y social del decrecimiento, que explica a continuación.





Rascacielos en Toronto, fotografiados por Paul (dex)


El del decrecimiento no es un proyecto que sustituya a todo lo que el conjunto de luchas contra el capitalismo ha supuesto desde mucho tiempo atrás: es, antes bien, una perspectiva que permite abrir un nuevo frente de contestación del capitalismo imperante. En ese sentido parece razonable afirmar que en el Norte desarrollado de principios del siglo XXI no es imaginable ningún proyecto anticapitalista consecuente que no sea al mismo tiempo decrecimentalista, autogestionario y antipatriarcal.


1. En el momento presente, ¿es inequívocamente saludable el crecimiento económico?



La visión dominante en las sociedades opulentas sugiere que el crecimiento económico es la panacea que resuelve todos los males. A su amparo – se nos dice – la cohesión social se asienta, los servicios públicos se mantienen, y el desempleo y la desigualdad no ganan terreno.

Sobran las razones para recelar, sin embargo, de todo lo anterior.  El crecimiento económico no genera -o no genera necesariamente- cohesión social, provoca agresiones medioambientales en muchos casos irreversibles, propicia el agotamiento de recursos escasos que no estarán a disposición de las generaciones venideras y, en fin, permite el asentamiento de un modo de vida esclavo que invita a pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y, sobre todo, más bienes acertemos a consumir. Frente a esto se impone la certeza de que, dejado atrás un nivel elemental de consumo, el acrecentamiento irracional de este último es antes un indicador de infelicidad que una muestra de lo contrario. Es razonable adelantar, por lo demás, que la crisis general por la que atravesamos está llamada a permitir que la conciencia en lo que respecta a estos sinsentidos se asiente en una parte significada de la ciudadanía.



2. ¿Cuáles son los pilares en los que se asientan los sinsentidos del crecimiento?




Son tres los pilares en los que se sustenta tanta irracionalidad.

  • El primero es la publicidad, que nos obliga a comprar lo que no necesitamos y, llegado el caso, exige que adquiramos, incluso, lo que nos repugna.
  • El segundo es el crédito, que históricamente ha permitido allegar el dinero que permitía preservar el consumo aun en ausencia de recursos.
  • El tercero es la caducidad de los bienes producidos, claramente programados para que en un período de tiempo breve dejen de funcionar, de tal suerte que nos veamos en la obligación de comprar otros nuevos.


Por detrás de todo ello despunta, en palabras de Z. Bauman, la certeza de que "una sociedad de consumo sólo puede ser una sociedad de exceso y prodigalidad y, por ende, de redundancia y despilfarro".



3. ¿Debemos fiarnos de los indicadores económicos que hoy empleamos?



Los indicadores económicos que nos vemos obligados a utilizar -así, el producto interior bruto (PIB) y afines- han permitido afianzar, en palabras de J.K. Galbraith, "una de las formas de mentira social más extendidas". Pensemos que si un país retribuye al 10% de sus habitantes por destruir bienes, hacer socavones en las carreteras, dañar los vehículos…, y a otro 10% por reparar esas carreteras y vehículos, tendrá el mismo PIB que un país en el que el 20% de los empleos se consagre a mejorar la esperanza de vida, la salud, la educación y el ocio.



Y es que la mayoría de esos indicadores contabiliza como crecimiento -y cabe suponer también que como bienestar- todo lo que es producción y gasto, incluidas las agresiones medioambientales, los accidentes de tráfico, la fabricación de cigarrillos, los fármacos y las drogas, o el gasto militar. Esos mismos indicadores apenas nada nos dicen, en cambio,  del trabajo doméstico, en virtud de un código a menudo impregnado de machismo, de la preservación objetiva del medio ambiente – un bosque convertido en papel acrecienta el PIB, en tanto ese mismo bosque indemne, decisivo para garantizar la vida, no computa como riqueza-, de la calidad de los sistemas educativo y sanitario – y en general de las actividades que generan bienestar aunque no impliquen producción y gasto -, o del incremento del tiempo libre.



De resultas puede afirmarse que la ciencia económica dominante sólo presta atención a las mercancías – lo que se tiene o no se tiene -, y no a los bienes que hacen que alguien sea algo (F. Flahault), en un escenario en el que "las ideas rectoras de la modernidad son másmayormás deprisamás lejos" (M. Linz).



4. ¿No son muchas las razones para contestar el progreso, más aparente que real, que han protagonizado nuestras sociedades durante decenios?



Son muchas, sí. Hay que preguntarse, por ejemplo, si no es cierto que en la mayoría de las sociedades occidentales se vivía mejor en el decenio de 1960 que ahora: el número de desempleados era sensiblemente menor, la criminalidad mucho más baja, las hospitalizaciones por enfermedades mentales se hallaban a años luz de las actuales, los suicidios eran infrecuentes y el consumo de drogas escaso. En EE.UU., donde la renta per cápita se ha triplicado desde el final de la segunda guerra mundial, desde 1960 se reduce, sin embargo, el porcentaje de ciudadanos que declaran sentirse satisfechos. En 2005 un 49% de los norteamericanos estimaba que la felicidad se hallaba en retroceso, frente a un 26% que consideraba lo contrario.



Son muchos los expertos que concluyen, en suma, que el crecimiento en la esperanza de vida al nacer registrado en los últimos decenios bien puede estar tocando a su fin en un escenario lastrado por la extensión de la obesidad, el estrés, la aparición de nuevas enfermedades y la contaminación.



5. ¿Por qué hay que decrecer?




Talado de bosques (foto: Lizzie)


En los países ricos hay que reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras posibilidades, porque es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales. "El único programa que necesitamos se resume en una palabra: menos. Menos trabajo, menos energía, menos materias primas" (B. Grillo).


Por detrás de esos imperativos despunta un problema central: el de los límites medioambientales y de recursos del planeta. Si es evidente que, en caso de que un individuo extraiga de su capital, y no de sus ingresos, la mayoría de los recursos que emplea, ello conducirá a la quiebra, parece sorprendente que no se emplee el mismo razonamiento a la hora de sopesar lo que las sociedades occidentales están haciendo con los recursos naturales. Aunque nos movemos -si así quiere- en un barco que se encamina directamente hacia un acantilado, lo único que hemos hecho en los últimos años ha sido reducir un poco la velocidad sin modificar, en cambio, el rumbo.

Para calibrar la hondura del problema, el mejor indicador es la huella ecológica, que mide la superficie del planeta, terrestre como marítima, que precisamos para mantener las actividades económicas. Si en 2004 esa huella lo era de 1,25 planetas Tierra, según muchos pronósticos alcanzará dos Tierras -si ello es imaginable- en 2050. La huella ecológica igualó la biocapacidad del planeta en torno a 1980, y se ha triplicado entre 1960 y 2003. En paralelo, no está de más que recordemos que en 2000 se estimaban en 41 los años de reservas de petróleo, 70 los de gas y 55 los de uranio.



6. ¿Cuál es la actitud que ante lo anterior exhiben nuestros dirigentes políticos?



Los dirigentes políticos, marcados por un irrefrenable cortoplacismo electoral, prefieren dar la espalda a todos estos problemas. De resultas, y en palabras de C. Castoriadis, "quienes preconizan 'un cambio radical de la estructura política y social' pasan por ser 'incorregibles utopistas', mientras que los que no son capaces de razonar a dos años vista son, naturalmente, realistas". Todo pensamiento radical y contestatario es tildado inmediatamente de extremista y violento, además de patológico.

La idea, supersticiosa, de que nuestros gobernantes tienen soluciones de recambio se completa con la que sugiere que la ciencia resolverá de manera mágica, antes o después, todos estos problemas. No parecería lógico, sin embargo, construir un "rascacielos sin escaleras ni ascensores sobre la base de la esperanza de que un día triunfaremos sobre la ley de la gravedad" (M. Bonaiuti). Más razonable resultaría actuar como lo haría un pater familias diligens, que "se dice a sí mismo: ya que los problemas son enormes, e incluso en el caso de que las probabilidades sean escasas, procedo con la mayor prudencia, y no como si nada sucediese" (C. Castoriadis). No es ésta una carencia que afecte en exclusiva a los políticos. Alcanza de lleno, antes bien, a los ciudadanos, circunstancia que da crédito a la afirmación realizada por un antiguo ministro del Medio Ambiente francés: "La crisis ecológica suscita una comprensión difusa, cognitivamente poco influyente, políticamente marginal, electoralmente insignificante".



7. ¿Basta, sin más, con reducir determinadas actividades económicas?



"Tener - hacer - ser" valores que rigen nuestra cotidianidad (Foto: Lyzadanger)


A buen seguro que no es suficiente con acometer reducciones en los niveles de producción y de consumo. Es preciso reorganizar en paralelo nuestras sociedades sobre la base de otros valores que reclamen el triunfo de la vida social, del altruismo y de la redistribución de los recursos frente a la propiedad y al consumo ilimitado. Los verbos que hoy rigen nuestra vida cotidiana son "tener-hacer-ser": sitengo esto o aquello, entonces haré esto y seré feliz. Hay que reivindicar, en paralelo, el ocio frente al trabajo obsesivo. O, lo que es casi lo mismo, frente al "más deprisa, más lejos, más a menudo y menos caro" hay que contraponer el "más despacio, menos lejos, menos a menudo y más caro" (Y. Cochet). Debe apostarse, también, por el reparto del trabajo, una vieja práctica sindical que, por desgracia, fue cayendo en el olvido con el paso del tiempo.

Otras exigencias ineludibles nos hablan de la necesidad de reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras productivas, de las organizaciones administrativas y de los sistemas de transporte. Lo local, por añadidura, debe adquirir una rotunda primacía frente a lo global en un escenario marcado, en suma, por la sobriedad y la simplicidad voluntaria. Entre las razones que dan cuenta de la opción por esta última están la pésima situación económica, la ausencia de tiempo para llevar una vida saludable, la necesidad de mantener una relación equilibrada con el medio, la certeza de que el consumo no deja espacio para un desarrollo personal diferente o, en fin, la conciencia de las diferencias alarmantes que existen entre quienes consumen en exceso y quienes carecen de lo esencial.



S. Latouche ha resumido el sentido de fondo de esos valores de la mano de ocho "re": reevaluar (revisar los valores), reconceptualizarreestructurar (adaptar producciones y relaciones sociales al cambio de valores), relocalizarredistribuir(repartir la riqueza y el acceso al patrimonio natural), reducir (rebajar el impacto de la producción y el consumo), reutilizar (en vez de desprenderse de un sinfín de dispositivos) y reciclar.



8. Esos valores, ¿son realmente ajenos a la organización de las sociedades humanas?



Los valores que acabamos de reseñar no faltan, en modo alguno, en la organización de las sociedades humanas. Así lo demuestran, al menos, cuatro ejemplos importantes. Si el primero nos recuerda que las prácticas correspondientes tienen una honda presencia en muchas de las tradiciones del movimiento obrero – y en particular, bien es cierto, en las vinculadas con el mundo libertario -, la segunda subraya que en una institución central en muchas sociedades, la familia, impera antes la lógica del don y de la reciprocidad que la de la mercancía.



Los campesinos de Europa mediterránea plantaban olivos para sus nietos (Foto:Petr Pakandl)


Pero lo social está a menudo presente, también, en lo que despectivamente hemos dado en llamar economía informal. En muchos casos "el objetivo de la producción informal no es la acumulación ilimitada, la producción por la producción. El ahorro, cuando existe, no se destina a la inversión para facilitar una reproducción ampliada", recuerda S. Latouche. Y está presente en la experiencia histórica de muchas sociedades que no estiman que su felicidad deba vincularse con la acumulación de bienes, y que adaptaron su modo de vida a un entorno natural duradero. No se olvide al respecto a los campesinos que, en la Europa mediterránea, plantaban olivos e higueras cuyos frutos nunca llegarían a ver, pensando, con claridad, en las generaciones venideras. Tampoco debe olvidarse que muchas sociedades que tendemos a describir como primitivas y atrasadaspueden darnos muchas lecciones en lo que atañe a la forma de llevar a la práctica los valores de los que hemos hecho mención.





9. ¿Qué supondría el decrecimiento en las sociedades opulentas?



Hablando en plata, lo primero que las sociedades opulentas deben tomar en consideración es la conveniencia de cerrar – o al menos de reducir sensiblemente la actividad correspondiente – muchos de los complejos fabriles hoy existentes. Estamos pensando, cómo no, en la industria militar, en la automovilística, en la de la aviación o en buena parte de la de la construcción.



Los millones de trabajadores que, de resultas, perderían sus empleos deberían encontrar acomodo a través de dos grandes cauces. Si el primero lo aportaría el desarrollo ingente de actividades en los ámbitos relacionados con la satisfacción de las necesidades sociales y medioambientales, el segundo llegaría de la mano del reparto del trabajo en los sectores económicos tradicionales que sobrevivirían. Importa subrayar que en este caso la reducción de la jornada laboral bien podría llevar aparejada, por qué no, reducciones salariales, siempre y cuando éstas, claro, no lo fueran en provecho de los beneficios empresariales. Al fin y al cabo, la ganancia de nivel de vida que se derivaría de trabajar menos, y de disfrutar de mejores servicios sociales y de un entorno más limpio y menos agresivo, se sumaría a la derivada de la asunción plena de la conveniencia de consumir, también, menos, con la consiguiente reducción de necesidades en lo que a ingresos se refiere. No es preciso agregar -parece- que las reducciones salariales que nos ocupan no afectarían, naturalmente, a quienes menos tienen.



10. ¿Es el decrecimiento un proyecto que augura, sin más, la infelicidad a los seres humanos?



Parece evidente que el decrecimiento no implica en modo alguno, para la mayoría de los habitantes, un entorno de deterioro de sus condiciones de vida. Antes bien, debe acarrear mejoras sustanciales como las vinculadas con la redistribución de los recursos; la creación de nuevos sectores que atiendan las necesidades insatisfechas; la preservación del medio ambiente, el bienestar de las generaciones futuras, la salud de los ciudadanos y las condiciones del trabajo asalariado, o el crecimiento relacional en sociedades en las que el tiempo de trabajo se reducirá sensiblemente.

Al margen de lo anterior, conviene subrayar que en el mundo rico se hacen valer elementos – así, la presencia de infraestructuras en muchos ámbitos, la satisfacción de necesidades elementales o el propio decrecimiento de la población – que facilitarían el tránsito a una sociedad distinta. Hay que partir de la certeza de que, si no decrecemos voluntaria y racionalmente, tendremos que hacerlo obligados de resultas del hundimiento, antes o después, del capitalismo global que padecemos.



11. ¿Qué argumentos se han formulado para cuestionar la idoneidad del decrecimiento?



Los argumentos vertidos contra el decrecimiento parecen poco relevantes. Se ha señalado, por ejemplo, y contra toda razón, que la propuesta se emite desde el Norte para que sean los países del Sur los que decrezcan materialmente. También se ha sugerido que el decrecimiento es antidemocrático, en franco olvido de que los regímenes que se ha dado en describir como totalitarios nunca han buscado, por razones obvias, reducir sus capacidades militar-industriales. Más bien parece que, muy al contrario, el decrecimiento, de la mano de la autosuficiencia y de la simplicidad voluntaria, bebe de una filosofía no violenta y antiautoritaria. La propuesta que nos interesa no remite, por otra parte, a una postura religiosa que reclama una renuncia a los placeres de la vida: reivindica, antes bien, una clara recuperación de éstos en un escenario marcado, eso sí, por el rechazo de los oropeles del consumo irracional.



Mercado en Lagos (Foto: Darwinek)


12. ¿También deben decrecer los países pobres?



Aunque, con certeza, el debate sobre el decrecimiento tiene un sentido distinto en los países pobres – está fuera de lugar reclamar reducciones en la producción y el consumo en una sociedad que cuenta con una renta per cápita treinta veces inferior a la nuestra -, parece claro que aquéllos no deben repetir lo hecho por los países del Norte. No se olvide, en paralelo, que una apuesta planetaria por el decrecimiento, que acarrearía por necesidad un ambicioso programa de redistribución, no tendría, por lo demás, efectos notables en términos de consumo convencional en el Sur.



Para esos países se impone, en la percepción de S. Latouche, un listado diferente de "re": romper con la dependencia económica y cultural con respecto al Norte,reanudar el hilo de una historia interrumpida por la colonización, el desarrollo y la globalización, reencontrar la identidad propia, reapropiar ésta, recuperar las técnicas y saberes tradicionales, conseguir el reembolso de la deuda ecológica yrestituir el honor perdido.


INFORMACIÓN DE:


http://www.solomirar.com/?p=1457

17 de septiembre de 2010

Que haya ricos, ¿no es un derecho de los pobres?

Que haya ricos, ¿no es un derecho de los pobres?
Santiago Alba Rico

 
En alguna ocasión he escrito que en el mundo sólo existen tres clases de bienes: universales, generales y colectivos.

Los bienes universales son aquellos de los que nos basta que haya un ejemplar o un ejemplo para que nos sintamos universalmente tranquilos. Son las cosas que están ahí, y que no hace falta coger con la mano o poseer de manera individual: hay sol y hay luna, hay estrellas, hay mar, hay un Machupichu y un Everest, hay un Taj Mahal y una Capilla Sixtina, un Che Guevara y un San Francisco, hay García Lorca y José Martí y García Márquez y Silvio Rodríguez y Cintio Vitier.

Los bienes generales son aquéllos, en cambio, que es necesario generalizar para que la humanidad esté completa. No basta con que haya pan en el palacio del príncipe o que haya una casa en el jardín del conde; esas son las cosas que deben estar aquí, que todos debemos coger con la mano o disfrutar personalmente: tenemos comida, vivienda, agua, medicinas y si no las tenemos es porque algo no marcha bien en este mundo. No es una injusticia que haya un único sol en el cielo o un único Guernica de Picasso, pero sí que no haya suficiente pan para todos.

Por fin, los bienes colectivos son aquéllos de cuyas ventajas debemos disfrutar todos por igual, pero que no se pueden generalizar sin poner en peligro la existencia de los bienes generales y de los bienes universales. Son aquellos bienes, en definitiva, que es necesario compartir. Están, por ejemplo, los medios de producción, que no se pueden privatizar sin que ello deje sin bienes generales (pan, vivienda, salud) a millones de seres humanos.

Y están también algunos objetos de consumo, cuya generalización pondría en peligro el bien universal por excelencia, fuente y garantía de todos los otros bienes: la Tierra misma. Todos debemos tener pan y vivienda, pero si todos tuviéramos -por ejemplo- coche, la supervivencia de la especie sería imposible.

El motor de explosión, por tanto, no es un bien general, del que cada uno de nosotros pueda tener un ejemplar, sino un bien colectivo cuyo uso habrá que compartir y racionalizar.

A lo largo de la historia, distintas clases sociales se han apropiado los bienes generales y los bienes colectivos, y en esto el capitalismo no se distingue de sociedades anteriores. Más inquietante es lo que el capitalismo ha hecho, o está en proceso de hacer, con los bienes universales. No me refiero sólo a la colonización del espacio, la privatización de las ondas, las semillas y los colores o la desaparición de especies, montañas y selvas. Me refiero, sobre todo, a la desvalorización mental que han sufrido los “universales” bajo la corrosión antropológica del mercado.

Lo normal es complacerse en la visión de las estrellas; lo normal es complacerse contemplando el suave balanceo de la nieve; lo normal es complacerse con la lectura del Canto General de Neruda. ¿O no? En 1895, Cecil Rhodes, imperialista inglés, empresario y fundador de la compañía De Beers (dueña del 60% de los diamantes del mundo), contemplaba enrabietado los astros desde su ventana, “tan claros y tan distantes”, tan lejos de ese apetito imperial que “quería y no podía anexionárselos”.

A más pequeña escala, un presentador de la televisión española lamentaba en 2005 que no hubiese que pagar por contemplar la nieve que cubría los campos y ciudades de España, tan blanca y tan hermosa, degradada en su prestigio por el hecho de ofrecerse indiscriminadamente a la mirada de todos por igual. Y a más pequeña escala aún, conocí un poeta que no podía leer los versos de Neruda sin enfurecerse: “¡Tendría que haberlos escrito yo!”. Es cosa de niños querer la Luna y de madres corruptoras prometérsela. El capitalismo es un destructivo infantilismo. Aisla el rasgo pueril de un niño maleducado y lo generaliza, lo normaliza, lo recompensa socialmente. Lo que está ahí, lo que no podemos coger con las manos, lo que es por eso mismo de todos, nos empobrece, nos entristece y no vale nada.

¿Qué queda de los bienes universales? Quedan los ricos. Los ricos son de todos. Lo que más nos gusta del capitalismo no es que produzca coches y aviones y hoteles y máquinas: es que produce ricos. Las orgías babilónicas de Berlusconi, las pensiones millonarias de los banqueros españoles en medio de la crisis, el lujo hortera de los políticos corruptos de Valencia y de Madrid, no son manchas o pecados del capitalismo: son pura publicidad.

La lista de los hombres más ricos del mundo elaborada por la revista Forbes no es más que bárbara ostentación propagandística que genera mucha más adhesión al sistema que el desigual acceso a mercancías baratas y banales. ¿Tiene algo de extraño que las mujeres latinoamericanas, preguntadas por su “marido ideal”, se lo imaginen estadounidense, rubio, de ojos claros, altísimo, cirujano o empresario y, por supuesto, millonario? ¿O que en la nueva China el padre con el que sueñan las madres jóvenes sea Bill Gates? ¿O que en la lista de los diez personajes más admirados por los machos estadounidenses no haya un solo escritor o científico, casi todos sean ejecutivos o propietarios de empresas y todos inmensamente ricos? ¿O que la revista de más tirada de España -con casi 700.000 ejemplares- sea el Hola ? ¿O que los más famosos culebrones y telenovelas de la TV, seguidos por millones de espectadores, consistan en tratados de antropología de las clases altas (sus hábitos, sus problemas, sus placeres)?

Si los pobres no pueden compartir la riqueza, pueden al menos compartir sus ricos. Si no pueden consumir riqueza, pueden consumir vidas de ricos. Bill Gates, Carlos Slim, Warren Buffet, Amancio Ortega son la Luna y el Machupichu y la Capilla Sixtina y el Taj Mahal del capitalismo. Son el Sol y la Nieve y el Canto General del mercado globalizado. Puede que sean los responsables de que el mundo se venga abajo, pero son también los artífices de este milagro: el de que estemos muy contentos y todo nos parezca bien mientras nos desplomamos.

¿Quién quiere igualdad? La desigualdad, ¿no es un derecho de los pobres? Que haya millonarios, ¿no es un derecho de los mileuristas y los parados? ¿No debemos defender, armas en mano, nuestro derecho a que otros sean ricos? ¿No debemos agradecerles sus despilfarros? ¿No debemos al menos votar por ellos?

Ese es el modelo que tratan de imponer EEUU y Europa al resto del mundo. No el derecho a que haya estrellas y Machupichu y cataratas de Iguazú y 9ª Sinfonía de Beethoven sino a que haya ricos; no el derecho a pan y casa y zapatos sino a saber quiénes son y cómo viven los millonarios.

¿Revolución? El Pan y la Luna.

(A sabiendas de que “pan”, en el diccionario socialista, quiere decir también leche y ropa y casa y hospitales y transportes públicos; y “luna” quiere decir también mar y música y verdades y soberanía política).

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio

Para revisar este y otros articulos de tal calibre, se invita a revisar: http://www.letra.org

14 de septiembre de 2010

10 Consejos Para Entrar en Resistencia Por El Decrecimiento


6 de septiembre de 2010

Bruno Clémentin y Vincent Cheynet – www.casseursdepub.org

1 - Liberarse de la televisión

Para entrar en el decrecimiento, la primera etapa es tomar conciencia de su influencia. El vector principal de influencia es la televisión. Nuestra primera elección será liberarse de ella. Como la sociedad de consumo reduce el ser humano a su dimensión económica - consumidor -, la televisión reduce la información a su superficie, la imagen. Medios de comunicación de la pasividad, por lo tanto de la sumisión, no deja de agredir al individuo. Por naturaleza, la televisión exige la rapidez, no soporta los discursos de fondo. La televisión es contaminante en su producción, en su uso y luego como residuo. Le oponemos de preferencia nuestra vida interior, la creación, aprender a tocar un instrumento de música, hacer e ir a ver espectáculos vivos… Para informarnos podemos elegir: la radio (sin publicidad), la lectura (sin publicidad), el teatro, el cine (sin publicidad), los encuentros, etc.

2 - Liberarse del automóvil

Más que un objeto, el automóvil es el símbolo de la sociedad de consumo. Reservado al 20%, los habitantes más ricos de la Tierra, conduce inexorablemente al suicidio ecológico por agotamiento de los recursos naturales (necesarios para su producción) o por sus contaminaciones múltiples que, entre otras cosas, genera el incremento del efecto invernadero. El automóvil causa guerras para el petróleo cuyo último en fecha es el conflicto iraquí. El automóvil tiene también por consecuencia una guerra social que produce una muerte todas las horas en Francia. El automóvil es una de las plagas ecológica y social de nuestro tiempo. Le oponemos de preferencia: el rechazo de la hipermovilidad, la voluntad de vivir cerca de su lugar de trabajo, la marcha a pie, la bicicleta, el tren, los transportes públicos.

3 - Negarse a coger el avión

Negarse a tomar el avión, es romper, en primer lugar, con la ideología dominante que considera como un derecho inalienable la utilización de este modo de transporte. Aunque, menos del 10% de los seres humanos han cogido alguna vez el avión. y menos del 1% lo coge una vez todos los años. Este 1%, la clase dominante, son los los ricos de los países ricos. Son ellos quienes tienen los medios de comunicación y fijan las normas sociales. El avión es el modo de transporte más contaminador por persona transportada. A causa de su gran velocidad, convierte en artificial nuestra relación a la distancia. Le oponemos y preferimos ir menos lejos, pero mejor, a pie, en carreta a caballo, a bicicleta o en tren, en velero, con todos los vehículos sin motor.

4 - Liberarse del teléfono móvil

El sistema genera necesidades que se convierten en dependencias. Lo que es artificial se vuelve natural. Como muchos objetos de la sociedad de consumo, el teléfono es una falsa necesidad creada artificialmente por la publicidad. “Con el móvil, Ud es movilizable en todo momento”. Con el portable tiraremos también los hornos microondas, las cortadoras a césped y todos los objetos inútiles de la sociedad de consumo. Le oponemos y preferimos el teléfono normal, el correo, la palabra, pero sobre todo, intentaremos existir por nosotros-mismos en lugar de pretender colmar un vacío existencial con objetos.

5 - Boicotear la gran distribución

La gran distribución es indisociable del automóvil. Deshumaniza el trabajo, contamina y desfigura los perímetros de las ciudades, mata los centros-ciudad, favorece la agricultura intensiva, centraliza el capital, etc. La lista de las plagas que representa es demasiado larga para ser enumerada aquí. Le oponemos y preferimos: ante todo consumir menos, la autoproducción alimentaria (huerta), también los comercios de proximidad, los mercados, las cooperativas, la artesanía. Eso nos conducirá también a consumir menos o a rechazar los productos manufacturados.

6 - Comer poca carne

O mejor, comer vegetariano. La condición reservada a los animales de ganadería revela la crueldad técnico-científico de nuestra civilización. La alimentación a base de carne es también una importante problemática ecológica. Es mejor comer directamente cereales que utilizar tierras agrícolas para alimentar animales destinados al matadero. Comer vegetariano o comer menos carne debe también desembocar en una mejor higiene alimentaria, menos rica en calorías.

7 - Consumir local

Cuando se compra un producto importado, se consume también el petróleo necesario para su transporte hacia nuestro país. Producir y consumir local es una de las condiciones principales para volver a entrar en el decrecimiento, no en un sentido egoísta, por supuesto, sino al contrario para que cada pueblo encuentre su capacidad de auto abastecerse. Por ejemplo, cuando un campesino africano cultiva habas de cacao para enriquecer a algunos dirigentes corrompidos, no cultiva de que alimentarse y alimentar su comunidad.

8 – Politizarse

La sociedad de consumo nos deja la elección: entre Pepsi-Cola y Coca-Cola o entre un producto de “comercio justo” y uno convencional. Nos deja la elección de consumidores. El mercado no es ni de derecha, ni del centro, ni de izquierda: impone su dictadura financiera teniendo por objetivo rechazar todo debate y todo conflicto de ideas. La realidad sería la economía: a los seres humanos el someterse a ello. Este totalitarismo se impone paradójicamente en nombre de la libertad consumir. El estatuto de consumidor se considera como superior al del ser humano. Preferiremos politizarnos, como persona, en las asociaciones, los partidos, para combatir la dictadura de las compañías. La democracia exige una conquista permanente. De lo contrario se muere cuando es abandonada por sus ciudadanos. Hoy es el momento de inhalarle las ideas del decrecimiento.

9 - Desarrollo personal

La sociedad de consumo necesita consumidores serviles y sometidos que no desean ya ser plenamente humanos. De este modo, éstos no pueden vivir sino gracias al embrutecimiento, por ejemplo, ante la televisión, los “ocios” o el consumo de neurolépticos (Proxac…). Al contrario, la disminución económica tiene por condición una expansión social y humana. Enriquecerse desarrollando su vida interior. Favorecer la calidad de la relación con sigo mismo y con los otros en detrimento de la voluntad de poseer objetos que le poseerán a su vez. Pretender vivir en paz, en armonía con la naturaleza, no ceder a su propia violencia, he aquí la verdadera fuerza.

10 – Coherencia

Las ideas están para ser vividas. Si no somos capaces de llevarlas a la práctica, sólo tendrán por función hacer vibrar nuestro ego. Vivimos todos en el compromiso, pero buscamos a tender a más coherencia. Es la clave de éxito de la credibilidad de nuestros discursos. Cambiemos y el mundo cambiará. Esta lista no es por supuesto exhaustiva. A ustedes el completarla. Pero si no pretendemos tender hacia esta búsqueda de coherencia, nos veremos reducidos a lamentarnos muy hipócritamente sobre las consecuencias de nuestro propio modo de vida. Obviamente, no es el modo de vida “puro” sobre la Tierra. Vivimos en el compromiso y es bueno así.

INFORMACIÓN DE:

http://www.decrecimiento.info/2010/09/10-consejos-para-entrar-en-resistencia.html

9 de septiembre de 2010

Cuento para Dormir... o no tanto

CUENTO PARA DORMIR… O NO TANTO

“Consumismo engendrará un hijo llamado Responsable. Responsable desobedecerá a su padre y querrá ver qué hay al otro lado del anuncio. Los efectos de Consumismo en el mundo le dejarán anonadado. Responsable engendrará varios hijos y al benjamín le llamará Ético. Este muchacho despreciará a su padre por su fascinación y fijación en lo apocalíptico o cínico.

Ético, indiferente a su nimiedad, someterá los efectos de sus pequeños actos a unos principios eternos e infinitos. Será un chico ligeramente ceñudo y estreñido; haciendo un constante esfuerzo consiente y deliberado para armonizar su limitadísima objetividad, sus personales flujos de materia, energía e información, con sus personales valores de sentido y sensibilidad. Para Ético, la solidaridad será un concepto altamente abstracto y espiritualizado.

Ético tendrá muchos hijos y uno se llamará Crítico. Cuando Crítico se haga adulto despreciará a Ético, por narciso y soso. Crítico será un chico expansivo y bullicioso para el que la solidaridad será un concepto muy concreto y emocional.

Crítico estará muy dotado y será muy hábil para establecer alianzas, las cuales le darán suficiente poder para ser ambicioso y pretenderá moldear el mundo. Crítico, pues, será fermento de un fenómeno colectivo, visible y organizado, con unos objetivos concretos de incidencia política y económica a través de acciones colectivas. Si su padre, Ético era un artista anacoreta, Crítico será artista de aparatosas performances colectivas.

Crítico tendrá varios hijos pero, antes de que su primogénito abandone el hogar, el suelo donde su padre y sus antepasados crecieron, jugaron, sufrieron y soñaron, cederá y con él muchos desaparecerán. Primogénito será adoptado por lobos y tendrá por maestras las serpientes y las águilas. Primogénito recordará vagamente a su padre y aborrecerá de él su exhibicionismo de infantil y errática agitación.

Hasta que un día, ya fuerte y libre, volverá para recoger su herencia: entre los escombros de Consumismo, escogerá las “gafas” de Responsable, la “brújula” de Ético, y el “maletín de sprays de colores” de Crítico.

Y Primogénito, al que todos llamarán Místico, echará a andar hacia un mundo sólo soñado por los locos y los niños.”

Este es un espectacular cuento con el que concluye Joan Torres i Prat su libro Consumo, luego existo. El cual me ha fascinado y hoy he querido compartir con mis profesores, familiares y amigos a quienes tengo un inmenso cariño y respeto.

Atte:
DULCE KARINA FIERROS BARQUERA
“Las causas profundas de los grandes cambios humanos no se hallan en los círculos de letrados: radican en las aspiraciones de los sencillos. Son los desheredados de la tierra quienes han perseguido más enérgicamente el ideal y quienes han elaborado el bien en que vivimos.
Son los infinitamente pequeños, en lo profundo del sombrío mar de los pobres, quienes fundan el porvenir”
Paúl Deschanel