Inicio

Mostrando las entradas con la etiqueta Carlos Taibo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Carlos Taibo. Mostrar todas las entradas

19 de septiembre de 2010

Doce preguntas sobre el Decrecimiento

Doce preguntas sobre el Decrecimiento

Doce preguntas sobre el Decrecimiento
7 sep 2010 | Escrito por Nur Sajarah | Categoría: La Tienda donde se detiene el Tiempo

Por Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid, donde también ha dirigido el programa de estudios rusos del Instituto de Sociología de las Nuevas Tecnologías. Es autor de una veintena de libros en castellano, en su mayoría relativos a las transiciones en la Europa central y oriental contemporánea. Carlos Taibo es partidario de los movimientos antiglobalización y uno de los más destacados defensores de la corriente de pensamiento político, económico y social del decrecimiento, que explica a continuación.





Rascacielos en Toronto, fotografiados por Paul (dex)


El del decrecimiento no es un proyecto que sustituya a todo lo que el conjunto de luchas contra el capitalismo ha supuesto desde mucho tiempo atrás: es, antes bien, una perspectiva que permite abrir un nuevo frente de contestación del capitalismo imperante. En ese sentido parece razonable afirmar que en el Norte desarrollado de principios del siglo XXI no es imaginable ningún proyecto anticapitalista consecuente que no sea al mismo tiempo decrecimentalista, autogestionario y antipatriarcal.


1. En el momento presente, ¿es inequívocamente saludable el crecimiento económico?



La visión dominante en las sociedades opulentas sugiere que el crecimiento económico es la panacea que resuelve todos los males. A su amparo – se nos dice – la cohesión social se asienta, los servicios públicos se mantienen, y el desempleo y la desigualdad no ganan terreno.

Sobran las razones para recelar, sin embargo, de todo lo anterior.  El crecimiento económico no genera -o no genera necesariamente- cohesión social, provoca agresiones medioambientales en muchos casos irreversibles, propicia el agotamiento de recursos escasos que no estarán a disposición de las generaciones venideras y, en fin, permite el asentamiento de un modo de vida esclavo que invita a pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y, sobre todo, más bienes acertemos a consumir. Frente a esto se impone la certeza de que, dejado atrás un nivel elemental de consumo, el acrecentamiento irracional de este último es antes un indicador de infelicidad que una muestra de lo contrario. Es razonable adelantar, por lo demás, que la crisis general por la que atravesamos está llamada a permitir que la conciencia en lo que respecta a estos sinsentidos se asiente en una parte significada de la ciudadanía.



2. ¿Cuáles son los pilares en los que se asientan los sinsentidos del crecimiento?




Son tres los pilares en los que se sustenta tanta irracionalidad.

  • El primero es la publicidad, que nos obliga a comprar lo que no necesitamos y, llegado el caso, exige que adquiramos, incluso, lo que nos repugna.
  • El segundo es el crédito, que históricamente ha permitido allegar el dinero que permitía preservar el consumo aun en ausencia de recursos.
  • El tercero es la caducidad de los bienes producidos, claramente programados para que en un período de tiempo breve dejen de funcionar, de tal suerte que nos veamos en la obligación de comprar otros nuevos.


Por detrás de todo ello despunta, en palabras de Z. Bauman, la certeza de que "una sociedad de consumo sólo puede ser una sociedad de exceso y prodigalidad y, por ende, de redundancia y despilfarro".



3. ¿Debemos fiarnos de los indicadores económicos que hoy empleamos?



Los indicadores económicos que nos vemos obligados a utilizar -así, el producto interior bruto (PIB) y afines- han permitido afianzar, en palabras de J.K. Galbraith, "una de las formas de mentira social más extendidas". Pensemos que si un país retribuye al 10% de sus habitantes por destruir bienes, hacer socavones en las carreteras, dañar los vehículos…, y a otro 10% por reparar esas carreteras y vehículos, tendrá el mismo PIB que un país en el que el 20% de los empleos se consagre a mejorar la esperanza de vida, la salud, la educación y el ocio.



Y es que la mayoría de esos indicadores contabiliza como crecimiento -y cabe suponer también que como bienestar- todo lo que es producción y gasto, incluidas las agresiones medioambientales, los accidentes de tráfico, la fabricación de cigarrillos, los fármacos y las drogas, o el gasto militar. Esos mismos indicadores apenas nada nos dicen, en cambio,  del trabajo doméstico, en virtud de un código a menudo impregnado de machismo, de la preservación objetiva del medio ambiente – un bosque convertido en papel acrecienta el PIB, en tanto ese mismo bosque indemne, decisivo para garantizar la vida, no computa como riqueza-, de la calidad de los sistemas educativo y sanitario – y en general de las actividades que generan bienestar aunque no impliquen producción y gasto -, o del incremento del tiempo libre.



De resultas puede afirmarse que la ciencia económica dominante sólo presta atención a las mercancías – lo que se tiene o no se tiene -, y no a los bienes que hacen que alguien sea algo (F. Flahault), en un escenario en el que "las ideas rectoras de la modernidad son más, mayor, más deprisa, más lejos" (M. Linz).



4. ¿No son muchas las razones para contestar el progreso, más aparente que real, que han protagonizado nuestras sociedades durante decenios?



Son muchas, sí. Hay que preguntarse, por ejemplo, si no es cierto que en la mayoría de las sociedades occidentales se vivía mejor en el decenio de 1960 que ahora: el número de desempleados era sensiblemente menor, la criminalidad mucho más baja, las hospitalizaciones por enfermedades mentales se hallaban a años luz de las actuales, los suicidios eran infrecuentes y el consumo de drogas escaso. En EE.UU., donde la renta per cápita se ha triplicado desde el final de la segunda guerra mundial, desde 1960 se reduce, sin embargo, el porcentaje de ciudadanos que declaran sentirse satisfechos. En 2005 un 49% de los norteamericanos estimaba que la felicidad se hallaba en retroceso, frente a un 26% que consideraba lo contrario.



Son muchos los expertos que concluyen, en suma, que el crecimiento en la esperanza de vida al nacer registrado en los últimos decenios bien puede estar tocando a su fin en un escenario lastrado por la extensión de la obesidad, el estrés, la aparición de nuevas enfermedades y la contaminación.



5. ¿Por qué hay que decrecer?




Talado de bosques (foto: Lizzie)


En los países ricos hay que reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras posibilidades, porque es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales. "El único programa que necesitamos se resume en una palabra: menos. Menos trabajo, menos energía, menos materias primas" (B. Grillo).


Por detrás de esos imperativos despunta un problema central: el de los límites medioambientales y de recursos del planeta. Si es evidente que, en caso de que un individuo extraiga de su capital, y no de sus ingresos, la mayoría de los recursos que emplea, ello conducirá a la quiebra, parece sorprendente que no se emplee el mismo razonamiento a la hora de sopesar lo que las sociedades occidentales están haciendo con los recursos naturales. Aunque nos movemos -si así quiere- en un barco que se encamina directamente hacia un acantilado, lo único que hemos hecho en los últimos años ha sido reducir un poco la velocidad sin modificar, en cambio, el rumbo.

Para calibrar la hondura del problema, el mejor indicador es la huella ecológica, que mide la superficie del planeta, terrestre como marítima, que precisamos para mantener las actividades económicas. Si en 2004 esa huella lo era de 1,25 planetas Tierra, según muchos pronósticos alcanzará dos Tierras -si ello es imaginable- en 2050. La huella ecológica igualó la biocapacidad del planeta en torno a 1980, y se ha triplicado entre 1960 y 2003. En paralelo, no está de más que recordemos que en 2000 se estimaban en 41 los años de reservas de petróleo, 70 los de gas y 55 los de uranio.



6. ¿Cuál es la actitud que ante lo anterior exhiben nuestros dirigentes políticos?



Los dirigentes políticos, marcados por un irrefrenable cortoplacismo electoral, prefieren dar la espalda a todos estos problemas. De resultas, y en palabras de C. Castoriadis, "quienes preconizan 'un cambio radical de la estructura política y social' pasan por ser 'incorregibles utopistas', mientras que los que no son capaces de razonar a dos años vista son, naturalmente, realistas". Todo pensamiento radical y contestatario es tildado inmediatamente de extremista y violento, además de patológico.

La idea, supersticiosa, de que nuestros gobernantes tienen soluciones de recambio se completa con la que sugiere que la ciencia resolverá de manera mágica, antes o después, todos estos problemas. No parecería lógico, sin embargo, construir un "rascacielos sin escaleras ni ascensores sobre la base de la esperanza de que un día triunfaremos sobre la ley de la gravedad" (M. Bonaiuti). Más razonable resultaría actuar como lo haría un pater familias diligens, que "se dice a sí mismo: ya que los problemas son enormes, e incluso en el caso de que las probabilidades sean escasas, procedo con la mayor prudencia, y no como si nada sucediese" (C. Castoriadis). No es ésta una carencia que afecte en exclusiva a los políticos. Alcanza de lleno, antes bien, a los ciudadanos, circunstancia que da crédito a la afirmación realizada por un antiguo ministro del Medio Ambiente francés: "La crisis ecológica suscita una comprensión difusa, cognitivamente poco influyente, políticamente marginal, electoralmente insignificante".



7. ¿Basta, sin más, con reducir determinadas actividades económicas?



"Tener - hacer - ser" valores que rigen nuestra cotidianidad (Foto: Lyzadanger)


A buen seguro que no es suficiente con acometer reducciones en los niveles de producción y de consumo. Es preciso reorganizar en paralelo nuestras sociedades sobre la base de otros valores que reclamen el triunfo de la vida social, del altruismo y de la redistribución de los recursos frente a la propiedad y al consumo ilimitado. Los verbos que hoy rigen nuestra vida cotidiana son "tener-hacer-ser": sitengo esto o aquello, entonces haré esto y seré feliz. Hay que reivindicar, en paralelo, el ocio frente al trabajo obsesivo. O, lo que es casi lo mismo, frente al "más deprisa, más lejos, más a menudo y menos caro" hay que contraponer el "más despacio, menos lejos, menos a menudo y más caro" (Y. Cochet). Debe apostarse, también, por el reparto del trabajo, una vieja práctica sindical que, por desgracia, fue cayendo en el olvido con el paso del tiempo.

Otras exigencias ineludibles nos hablan de la necesidad de reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras productivas, de las organizaciones administrativas y de los sistemas de transporte. Lo local, por añadidura, debe adquirir una rotunda primacía frente a lo global en un escenario marcado, en suma, por la sobriedad y la simplicidad voluntaria. Entre las razones que dan cuenta de la opción por esta última están la pésima situación económica, la ausencia de tiempo para llevar una vida saludable, la necesidad de mantener una relación equilibrada con el medio, la certeza de que el consumo no deja espacio para un desarrollo personal diferente o, en fin, la conciencia de las diferencias alarmantes que existen entre quienes consumen en exceso y quienes carecen de lo esencial.



S. Latouche ha resumido el sentido de fondo de esos valores de la mano de ocho "re": reevaluar (revisar los valores), reconceptualizar, reestructurar (adaptar producciones y relaciones sociales al cambio de valores), relocalizar, redistribuir(repartir la riqueza y el acceso al patrimonio natural), reducir (rebajar el impacto de la producción y el consumo), reutilizar (en vez de desprenderse de un sinfín de dispositivos) y reciclar.



8. Esos valores, ¿son realmente ajenos a la organización de las sociedades humanas?



Los valores que acabamos de reseñar no faltan, en modo alguno, en la organización de las sociedades humanas. Así lo demuestran, al menos, cuatro ejemplos importantes. Si el primero nos recuerda que las prácticas correspondientes tienen una honda presencia en muchas de las tradiciones del movimiento obrero – y en particular, bien es cierto, en las vinculadas con el mundo libertario -, la segunda subraya que en una institución central en muchas sociedades, la familia, impera antes la lógica del don y de la reciprocidad que la de la mercancía.



Los campesinos de Europa mediterránea plantaban olivos para sus nietos (Foto:Petr Pakandl)


Pero lo social está a menudo presente, también, en lo que despectivamente hemos dado en llamar economía informal. En muchos casos "el objetivo de la producción informal no es la acumulación ilimitada, la producción por la producción. El ahorro, cuando existe, no se destina a la inversión para facilitar una reproducción ampliada", recuerda S. Latouche. Y está presente en la experiencia histórica de muchas sociedades que no estiman que su felicidad deba vincularse con la acumulación de bienes, y que adaptaron su modo de vida a un entorno natural duradero. No se olvide al respecto a los campesinos que, en la Europa mediterránea, plantaban olivos e higueras cuyos frutos nunca llegarían a ver, pensando, con claridad, en las generaciones venideras. Tampoco debe olvidarse que muchas sociedades que tendemos a describir como primitivas y atrasadaspueden darnos muchas lecciones en lo que atañe a la forma de llevar a la práctica los valores de los que hemos hecho mención.





9. ¿Qué supondría el decrecimiento en las sociedades opulentas?



Hablando en plata, lo primero que las sociedades opulentas deben tomar en consideración es la conveniencia de cerrar – o al menos de reducir sensiblemente la actividad correspondiente – muchos de los complejos fabriles hoy existentes. Estamos pensando, cómo no, en la industria militar, en la automovilística, en la de la aviación o en buena parte de la de la construcción.



Los millones de trabajadores que, de resultas, perderían sus empleos deberían encontrar acomodo a través de dos grandes cauces. Si el primero lo aportaría el desarrollo ingente de actividades en los ámbitos relacionados con la satisfacción de las necesidades sociales y medioambientales, el segundo llegaría de la mano del reparto del trabajo en los sectores económicos tradicionales que sobrevivirían. Importa subrayar que en este caso la reducción de la jornada laboral bien podría llevar aparejada, por qué no, reducciones salariales, siempre y cuando éstas, claro, no lo fueran en provecho de los beneficios empresariales. Al fin y al cabo, la ganancia de nivel de vida que se derivaría de trabajar menos, y de disfrutar de mejores servicios sociales y de un entorno más limpio y menos agresivo, se sumaría a la derivada de la asunción plena de la conveniencia de consumir, también, menos, con la consiguiente reducción de necesidades en lo que a ingresos se refiere. No es preciso agregar -parece- que las reducciones salariales que nos ocupan no afectarían, naturalmente, a quienes menos tienen.



10. ¿Es el decrecimiento un proyecto que augura, sin más, la infelicidad a los seres humanos?



Parece evidente que el decrecimiento no implica en modo alguno, para la mayoría de los habitantes, un entorno de deterioro de sus condiciones de vida. Antes bien, debe acarrear mejoras sustanciales como las vinculadas con la redistribución de los recursos; la creación de nuevos sectores que atiendan las necesidades insatisfechas; la preservación del medio ambiente, el bienestar de las generaciones futuras, la salud de los ciudadanos y las condiciones del trabajo asalariado, o el crecimiento relacional en sociedades en las que el tiempo de trabajo se reducirá sensiblemente.

Al margen de lo anterior, conviene subrayar que en el mundo rico se hacen valer elementos – así, la presencia de infraestructuras en muchos ámbitos, la satisfacción de necesidades elementales o el propio decrecimiento de la población – que facilitarían el tránsito a una sociedad distinta. Hay que partir de la certeza de que, si no decrecemos voluntaria y racionalmente, tendremos que hacerlo obligados de resultas del hundimiento, antes o después, del capitalismo global que padecemos.



11. ¿Qué argumentos se han formulado para cuestionar la idoneidad del decrecimiento?



Los argumentos vertidos contra el decrecimiento parecen poco relevantes. Se ha señalado, por ejemplo, y contra toda razón, que la propuesta se emite desde el Norte para que sean los países del Sur los que decrezcan materialmente. También se ha sugerido que el decrecimiento es antidemocrático, en franco olvido de que los regímenes que se ha dado en describir como totalitarios nunca han buscado, por razones obvias, reducir sus capacidades militar-industriales. Más bien parece que, muy al contrario, el decrecimiento, de la mano de la autosuficiencia y de la simplicidad voluntaria, bebe de una filosofía no violenta y antiautoritaria. La propuesta que nos interesa no remite, por otra parte, a una postura religiosa que reclama una renuncia a los placeres de la vida: reivindica, antes bien, una clara recuperación de éstos en un escenario marcado, eso sí, por el rechazo de los oropeles del consumo irracional.



Mercado en Lagos (Foto: Darwinek)


12. ¿También deben decrecer los países pobres?



Aunque, con certeza, el debate sobre el decrecimiento tiene un sentido distinto en los países pobres – está fuera de lugar reclamar reducciones en la producción y el consumo en una sociedad que cuenta con una renta per cápita treinta veces inferior a la nuestra -, parece claro que aquéllos no deben repetir lo hecho por los países del Norte. No se olvide, en paralelo, que una apuesta planetaria por el decrecimiento, que acarrearía por necesidad un ambicioso programa de redistribución, no tendría, por lo demás, efectos notables en términos de consumo convencional en el Sur.



Para esos países se impone, en la percepción de S. Latouche, un listado diferente de "re": romper con la dependencia económica y cultural con respecto al Norte,reanudar el hilo de una historia interrumpida por la colonización, el desarrollo y la globalización, reencontrar la identidad propia, reapropiar ésta, recuperar las técnicas y saberes tradicionales, conseguir el reembolso de la deuda ecológica yrestituir el honor perdido.


INFORMACIÓN DE:


http://www.solomirar.com/?p=1457

6 de junio de 2010

Carlos Taibo señala que el consumo "es para hoy y hambre para mañana" y defiende el decrecimiento y la autogestión

Carlos Taibo señala que el consumo "es para hoy y hambre para mañana" y defiende el decrecimiento y la autogestión




Critica al Gobierno por "eludir" el debate a la hora de elaborar el plan de ajuste económico y considera "insuficiente" la huelga general



EUROPA PRESS. 24.05.2010



El escritor, editor y profesor Titular de Ciencia Política de la Universidad Autónoma del Madrid Carlos Taibo señaló que el modelo de consumo de la sociedad actual "es pan para hoy y hambre para mañana", y apostó por el anticapitalismo, basado en el decrecimiento, la autogestión y la superación de la sociedad patriarcal para combatir el "hiperconsumo" y sus efectos "contraproducentes" a nivel social y ambiental.












Ampliar foto


Este activista y firme partidario del movimiento antiglobalización, instó a reflexionar sobre el consumo como "indicador de felicidad" y a discutir sobre la propiedad privada de los medios de producción, además de plantear la "necesidad de salir del capitalismo", sistema que considera "causante de todos los problemas" sociales y económicos.

Así lo expuso en una entrevista concedida a Europa Press con motivo de su estancia en Mérida, donde el pasado sábado impartió una conferencia sobre el 'Decrecimiento', en el centro cultural Alcazaba, dentro del marco de las Jornadas Alternativas programadas por diversos colectivos ecologistas, organizaciones agrarias, políticas y sindicalistas de Extremadura en protesta por la cumbre de ministros de agricultura de la Unión Europea que se desarrollará en unos días en la capital extremeña.

"En el norte desarrollado, el discurso anticapilaista tiene que ser decrecimentalista, autogestionario, antipatriarcal, porque si le falta alguno de estos tres pilares el anticapitalismo se resentirá", aseveró Taibo, antes de criticar que, tal y como está la situación, los "sindicatos mayoritarios" se preocupen "solo por los salarios y los empleos".



Más endeudados que grecia



Asimismo, reprochó que las principales organizaciones sindicales planteen "únicamente" la "huelga general" como medida de presión, al considerar que se trata de "una respuesta simbólica". "Tenemos que ir más allá", según apostilló.

"La izquierda tradicional dice que lo que está pasando es por la desregularización del capitalismo, pero nuestros problemas nacen del capitalismo en su versión desregulada y regulada, y mientras no tomemos conciencia de esto, cualquier proyecto alternativo que se ponga encima de la mesa, será profundamente equívoco", apuntó.

Al respecto, tachó de "dramática incoherencia" que el Gobierno haya aprobado el decreto ley con las medidas de ajuste económico para reducir el déficit tras haber defendido en los últimos años "que se mantendrían todos los derechos sociales".

Así censuró que se inyectaran "50 millones de euros a sanear la banca, inmersa en el juego mafioso de la especulación bursátil y la especulación inmobiliaria", para que al final acaben pagando esa cantidad los ciudadanos, sin ser "culpables de nada de lo que ha ocurrido", según recordó.



Escenario "tétrico"



Continuando con su crítica al Ejecutivo, este especialista destacó que ha demostrado ser "hábil" al "evadir el debate", que sí "se ha generado en Grecia" a la hora de diseñar el programa de ajuste, pese a que ambos países atraviesan "una situación muy parecida" como consecuencia de la deuda, que en España es "cinco veces más grande",41l.

Situación que achacó al "dilapidamiento dramático de recursos en provecho del sector privado". A modo de ejemplo, recordó la abolición del impuesto de patrimonio que afectaba a" las persona más ricas" o la ayuda a la compra de automóviles.

Del mismo modo, Carlos Taibo tras destacar que el Gobierno "está asumiendo una gestión catastrófica de la crisis", criticó también al principal partido de la oposición por su postura en este asunto. "¿ Hay alguna esperanza de que el PP asuma posiciones más saludables?.Evidentemente no, están las dos fuerzas políticas inmersas en el mismo juego, con lo cual es escenario general es tétrico", sentenció.ALTERNATIVAS

Para Taibo, la alternativa a las políticas criticadas es el discurso del decrecimiento, basado en "reducir sensiblemente" los niveles de producción y consumo. "Tenemos que cerrar una parte de la industria automovilística, de la aviación, la construcción" también el sistema bancario, e "introducir reglas de juegos distintas" para dar prioridad a la vida social, sugirió.

Así, abogó por políticas de "ocio creativo frente a las formas de ocio siempre vinculadas al consumo" también defendió el reparto del trabajo y el establecimiento de una renta básica de ciudadanía, así como la recuperación de lo local, además de fomentar la autogestión o de democracia directa, y en el terreno individual buscar " la sencillez y la austeridad".

En concreto, instó a desarrollar "todas aquellas actividades económicas relacionadas con la atención de las necesidades sociales insatisfechas y el medio natural" así como a repartir "el trabajo en los sectores convencionales", ya que, a su juicio, "la preservación de lo que hay es pan para hoy y hambre para mañana", insistió.

Respecto a la charla que ofreció en Mérida sobre decrecimiento destacó que hizo hincapié en "la necesidad de recelar de los engaños de los indicadores económicos" y también de "la mitología de que el crecimiento económico es una fuente de datos saludables" ya que ,a su entender, ese crecimiento "no provoca necesariamente cohesión social " ydel mismo modo "se traduce muy a menudo en lesiones medioambientales literalmente irreversibles" que "facilita el agotamiento de recursos" , los cuales no estarán disponibles para generaciones venideras, según advirtió.

Entre los numerosos asistentes que asistieron a la charla impartida por Carlos Taibo se pudo ver al coordinador regional de Izquierda Unida en Extremadura, Pedro Escobar.



INFORMACIÓN DE:


http://www.20minutos.es/noticia/715635/0/

4 de mayo de 2010

Entrevista con Carlos Taibo, analista internacional

07-07-2008



Entrevista con Carlos Taibo, analista internacional

"El crecimiento económico no tiene nada que ver con los servicios sociales, con la pobreza, ni con la resolución del desempleo, pero, sin embargo, lo seguimos repitiendo"



Aloia Álvarez Feáns
Revista Pueblos


Leemos sus libros y sus artículos en prensa, tanto hegemónica como alternativa o contrainformativa, y le escuchamos en una asociación de barrio, en un aula, o en un teatro con solera. Durante un rato le toca estar del otro lado de la mesa pero al salir a los pasillos parece, porque lo pretende, un estudiante. De Burgos a Vigo, pasando por Madrid, viaja casi siempre en autobús, con la mochila cargada de fragmentos de realidad y una buena lupa para saber mirarlos. Media hora con Carlos Taibo, el analista total, da para mucho, por lo que deja ganas de más. Dice que Europa del Este ya le aburre, lo que no significa que ya no le importe lo que allí sucede, pero es que, como nos cuenta en esta entrevista, hay asuntos estructurales, definitorios de la marcha del planeta, que hoy por hoy precisan de una cuidadosa atención.


A pesar de que tu especialización académica se orienta al estudio de la Europa Central y Oriental, escribes sobre muchos otros temas. ¿Qué merece hoy tus preocupaciones?


La verdad es que la Europa Central y Oriental me ha acabado por cansar, ahora me interesan temas más generales y sobre todo algunos de los debates teóricos que empiezan a surgir y que tengo la certeza de que serán los principales dentro de pocos años. Por ejemplo, el debate sobre el crecimiento económico: cada vez estoy más convencido de que hay que discutir la bondad de la categoría correspondiente y esto implica empezar a apostar con claridad por fórmulas de decrecimiento económico y reducción del consumo. Algo que en modo alguno tiene que ver necesariamente con una reducción de nuestro bienestar y nuestra felicidad, antes al contrario, creo que este tipo de discusiones se va a imponer cada vez más rápido entre nosotros porque cada vez somos más conscientes de los límites del planeta y de la necesidad inexorable de poner un freno a lo que hemos hecho durante siglos.


En ese sentido, hoy mismo el Banco Mundial se reafirmaba en sus teorías smithianas al descartar intervenir en el mercado mundial de alimentos a pesar de las nefastas consecuencias que esto está teniendo, y va a tener, sobre la vida de millones de personas. La mano invisible es masculina, blanca y lleva anillos de oro, ¿no?


Sí, y has dicho algo muy importante, lo de intervenir en los mercados. Parece una fórmula que atenta contra la ley de la gravedad pero, qué menos que intervenir en los mercados cuando cabe suponer con argumentos certeros que eso puede permitir que varios millones de seres humanos conserven la vida. Creo, sin embargo, que el tono lo aporta, no ya las posiciones del Banco Mundial, que son esperables, sino lo que está haciendo el Gobierno español, que ha acrecentado, al parecer de manera sensible, sus niveles de ayuda alimentaria. Alguien dirá: "pues muy bien". Pues no, muy mal, porque lo que está haciendo el Gobierno es acrecentar el negocio de las transnacionales que están especulando con el precio de los alimentos en la medida en que le está entregando dinero a los países pobres para que compren esos alimentos a ese precio. Me parece que no es la forma más ingeniosa de enfrentar el problema de fondo. Pero, en cualquier caso, parece que el Gobierno español, como los demás, ha decidido que no hay ningún motivo para entrar a saco cuestionando el negocio especulativo de las grandes transnacionales. Éste es el meollo de la cuestión.


Como sostenías en un artículo reciente, no sólo el partido en el Gobierno, sino también el resto de los partidos políticos representativos del Estado, sigue ciegamente ese axioma del crecimiento económico. Sorprende que ni siquiera Izquierda Unida (IU) se salga de esa línea...


Sí, al parecer resulta muy difícil romper con este axioma económico por el que interpretamos automáticamente que el crecimiento económico es la fórmula mágica que resuelve todo: los servicios sociales, el desempleo, la pobreza... Todos los datos empíricos invitan a recelar de esta percepción de los hechos. El crecimiento económico no tiene nada que ver con los servicios sociales, con la pobreza, ni con la resolución del desempleo, pero, sin embargo, lo seguimos repitiendo. Claro, hay que entender que en términos electorales una fuerza política que se presentase impulsando una reducción del crecimiento económico y del PIB inmediatamente sería lapidada. El problema de IU en este caso es que es lapidada igual, así que podría inducir a decir: "bueno, digan lo que tienen que decir, que van a ser lapidados igual". Me parece que es una manera bastante sensata de sugerir a los dirigentes de IU que tienen que romper de manera más drástica con las reglas del juego del debate teórico que impone la ciencia oficial en el momento presente.


Más allá de esto, ¿a qué crees que ha respondido su descalabro en las últimas elecciones generales?


Creo que a dos razones distintas. Una de largo aliento: IU es un proyecto que no funciona, que no es creíble, porque es una fuerza política que hace mucho tiempo que se desgajó de la realidad social en la mayoría de los lugares. Hay una división cada vez más aguda entre la izquierda política y la izquierda social; esto se traduce en que la mayoría de los votantes de IU (esa es, al menos, mi apreciación), la votan porque no hay otra cosa, no porque crean realmente en la coalición. Y luego hay otra razón de carácter más coyuntural, y es que cuando una fuerza política como IU, en los cuatro últimos años, se sitúa muy cerca del Partido Socialista, y establece pactos que dificultan hacer visible su identidad, lo lógico es que muchos votantes decidan votar al original y no a la copia, algo que se ha sumado a lo anterior y dibuja una tragedia en términos del número de votos recibidos. De todas maneras yo creo que es más importante el problema de la calidad del voto. A los dirigentes de IU lo que debería preocuparles es el tono alicaído de la mayor parte de los votantes, no el hecho de que sean 1.500.000 ó 600.000. Creo que IU es una fuerza política a la que se le pasó el tiempo. Esto tiene que ver con el hecho de que ha estado (y ésta es una lectura personal) muy controlada por el Partido Comunista de España, y que no ha acabado por engarzar con la sociedad real, con la izquierda real. Es muy raro que en ninguna de sus listas electorales incorpore a los activistas de los movimientos sociales. Los candidatos de IU son el producto de una discusión entre las diferentes cúpulas o grupos de presión que actúan dentro de la coalición. Y cualquier persona sensata sabe que eso cada vez tiene menos que ver con la izquierda real, lo que yo llamo la izquierda social.

Y esa izquierda real o social, ¿en qué punto está? ¿Cómo la ves?

La veo más viva que la izquierda política. Estoy dispuesto a reconocer que esto no es decir mucho, porque la izquierda política está tan muerta que cualquier cosa es más viva. Bueno, yo creo que no hemos ido para peor. Los movimientos antiglobalización, sin alharacas, han ido madurando; las redes sociales contestatarias también; el movimiento de okupación es una realidad abierta en prácticamente todas las ciudades con algún peso y en muchos pueblos. Esto quiere decir que algo empieza a cambiar y yo subrayo que cambia al margen de la izquierda política, es decir, no es un cambio de la izquierda política que tira de otros movimientos; me parece que se ha invertido el papel, es la izquierda política la que va detrás de los movimientos cuando se interesa por lo que éstos hacen, algo que no siempre ocurre. En ese sentido yo siempre digo que hoy no hay ningún tipo de agresión promovida por el sistema que no reciba algún tipo de respuesta. Puede ser más o menos adecuada, imaginativa, numerosa, pero en cualquier caso es un cambio interesante con respecto al pasado porque hace diez años esto no ocurría. Y agregaría un dato más, mucha gente joven parece que ha empezado a recuperar el pulso de la contestación, algo que durante bastante tiempo no sucedía, los jóvenes estaban prácticamente ausentes de todo. Subrayo: no es que los jóvenes se hayan incorporado a iniciativas promovidas por generaciones mayores, es que los jóvenes han empezado a promover sus propias iniciativas. Es muy llamativo, por ejemplo, que en el caso de la universidad, la contestación al proceso de Bolonia llegue casi en exclusiva de los estudiantes...

¿Mayo del 68 revisitado?

Bueno, hay un minimayo vinculado con la actividad de los estudiantes, no con la de los profesores, que creo que están cada vez más funcionarizados, anquilosados, y poco interesados por cambiar nada. No creo mucho en la universidad como hervidero de iniciativas de transformación social; quiero decir, la metáfora del mayo del 68 entre nosotros hoy no sirve, al menos en este terreno de la universidad como promotora de un cambio de percepción y de prácticas distintas. Me parece que hay que mirar hacia otros lados, hacia los barrios, las iniciativas que surgen en la periferia de un movimiento obrero cada vez más esclerotizado, con unos sindicatos hiperinstalados en la lógica del sistema... Pero en la periferia de ese mundo sindical hay realidades que merecen respeto y que empiezan a reflexionar hipercríticamente sobre la realidad y, en primer lugar, a contestar el papel que desempeñan los sindicatos mayoritarios.

Hablando de periferias, ampliemos el marco de análisis. Estamos asistiendo a un auge de los llamados movimientos antiglobalización que mencionabas antes. Pongámosles nombre y situémoslos en el momento presente. ¿Cómo te gusta denominarlos? ¿Hacia dónde se dirigen?

Bueno, lo de la antiglobalización plantea problemas, es verdad que retrata en clave estrictamente negativa a movimientos que no están en una franca vocación de proponer alternativas. Hay quien dice, por lo demás, que la mayoría de ellos no se oponen ontológicamente a la globalización sino en concreto a la globalización capitalista o neoliberal, pero que defenderían una globalización de los derechos o las libertades... Esto suena bien pero creo que es un discurso bastante vacuo. No sé muy bien qué es eso de la globalización de los derechos y las libertades, antes hablábamos de internacionalismo para referirnos a estas cosas, no sé por qué tenemos que desdeñar palabras que nos han servido durante mucho tiempo. Al margen de esto, lo de la altermundialización o globalización alternativa creo que son palabras que generan circuitos intelectuales que piensan poco en a quiénes se dirigen y qué es lo que van a comprender quienes reciben esos mensajes. Y, si hablamos de lo que ocurre con los movimientos antiglobalización tendemos a partir de la base de lo que ocurre con nuestros movimientos antiglobalización y esto supone olvidar que los principales movimientos radican en el Sur: en Argentina, Perú, Ecuador, Brasil, México, Bolivia, Tailandia, India... Creo que éste es el elemento fundamental del balance, lo que está cambiando es lo que llega del Sur. Y eso supone, con todas las limitaciones que queramos, una inversión de lo que ha ocurrido casi siempre, que es que los movimientos del Norte, que despliegan toda su parafernalia intelectual, son los que atraen a movimientos del Sur. Entiendo que ahora se está invirtiendo en algún grado el proceso, sin descartar que muchos de esos movimientos del Sur reflejan determinados espacios etnocéntricos y eurocéntricos de dependencia con respecto a los del Norte. ¿En qué estoy pensando? Bueno, de manera singular en los Foros Sociales de Portoalegre, que se desplegaban materialmente en un país del Sur pero quien protagonizaba las sesiones eran intelectuales del Norte, con lo cual se estaba generando también alguna ficción con la que convenía romper sugiriendo que tal vez lo que queríamos hacer no era esto.

Hace poco titulabas un artículo con una revisión del manido lema de estos encuentros: "Otro mundo peor es probable". No suena muy optimista...

Bueno, soy optimista en lo que respecta al auge de las resistencias pero soy pesimista en lo que se refiere al derrotero del planeta. Me parece que estas cosas se pueden combinar de manera relativamente fácil. Los habitantes del Norte del planeta somos profundamente insolidarios, hemos oído un millón de veces que cada día mueren miles de seres humanos a causa del hambre, pero esto no nos importa porque ese fenómeno no nos toca materialmente. Pero van a llegar inmediatamente dos procesos que sí nos van a afectar materialmente: el cambio climático, por un lado, y el encarecimiento espectacular del precio de las materias primas energéticas. A mi entender, la llegada espectacular de estos procesos va a generar dos consecuencias de signo distinto. La primera: va a ser una edad de oro para los movimientos de emancipación, que van a encontrar un caldo de cultivo para sus mensajes mucho más sólido que en el pasado, por ejemplo, para el discurso del decrecimiento. La otra cara de la cuestión es que probablemente van a empezar a emerger políticas de darwinismo social extremo que tal vez van a recordar a muchas de las medidas que aplicó Hitler en el decenio de 1930 en Alemania. Los estamentos de poder principales del planeta, conscientes de la escasez, van a desplegar medidas encaminadas a garantizar que los recursos escasos estén a disposición de una escueta minoría de seres humanos, y esto genera un horizonte muy delicado al que hay que empezar a buscar respuestas. Intuyo que, hoy por hoy, alguno de los elementos pioneros de esta política de darwinismo social son los que está aplicando Berlusconi en Italia con los inmigrantes. Claro, el primer eslabón débil lo configuran las poblaciones foráneas que no son plenos ciudadanos como nosotros y de las que conviene prescindir cuando llega la etapa de las vacas flacas. Por eso prefiero separar estas dos dimensiones: los movimientos van a crecer, pero en un escenario cada vez más difícil. En cualquier caso creo que sí, otro mundo peor es bastante probable...

12 de abril de 2010

Sobre el término ‘decrecimiento’ y sus usos

Sobre el término ‘decrecimiento’ y sus usos
Habida cuenta de la magnitud de las agresiones que el capitalismo imperante ha asestado contra la naturaleza, y al menos en el Norte opulento, se impone reducir los niveles de producción y de consumo de muchos bienes. Y ello de resultas de al menos tres circunstancias: vivimos por encima de nuestras posibilidades, es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y, en fin, empiezan a faltar materias primas vitales.

Ahora bien, ¿es el término ‘decrecimiento’ el adecuado para describir esa propuesta o, por el contrario, y como señalan voces muy respetables, arrastra problemas severos? Hablando en propiedad, ninguno de los conceptos que utilizamos para describir iniciativas complejas deja de suscitar polémicas. Un ejemplo: aunque la mayoría de los improbables lectores de este texto se confesarán anticapitalistas, parece evidente que no todos los discursos que se reclaman de esa etiqueta son suscribibles. Determinadas modulaciones del rigorismo islamista contestan agriamente el capitalismo sin que sus cimientos conceptuales y su propuesta final sean, claro, los nuestros.
A duras penas, y en semejantes condiciones, podría uno pretender que el término ‘decrecimiento’ está libre de carencias. Hay quien señalará, así, que en realidad se ha abierto camino en los últimos meses un activo proceso de decrecimiento que es resultado de la llamada crisis financiera. Salta a la vista que ese proceso nada tiene que ver con lo que proponemos, y ello por mucho que, a la hora de describirlo, resista el empleo –bien es verdad, eso sí, que más bien raro– del mismo término. En paralelo, tampoco faltará quien aduzca que la palabra ‘crecimiento’ en su sentido más cotidiano tiene entre nosotros un cariz positivo –hablamos, por ejemplo, de crecimiento personal–, de tal suerte que no parecería razonable atribuir una condición saludable, también, a su antítesis. Lo suyo es reconocer que lo del decrecimiento acarrea un riesgo nada despreciable: si declaramos rechazar el concepto de ‘crecimiento’ porque entendemos que incorpora una aberrante inclinación en provecho de lo estrictamente cuantitativo y en detrimento de la consideración de variables sociales y medioambientales fundamentales, corremos el riesgo de que, al contraponer el vocablo ‘decrecimiento’, éste se vea impregnado del cuantitativismo de su contrario, de tal suerte que se traslade la idea de que, en los hechos, lo único que demandamos es que se verifiquen reducciones en los niveles de producción y de consumo.
Se aducirá, entonces, que debemos poner el acento, no en la demanda de esas reducciones, sino en la condición del proyecto alternativo –primacía de la lógica social frente al consumo y la propiedad, reparto del trabajo, ocio creativo, reducción del tamaño de infraestructuras, preponderancia de lo local, sobriedad y simplicidad– que defendemos, o, lo que es casi lo mismo, que debemos tirar por la borda el término ‘decrecimiento’. De operar de esa manera, lo que ganaremos por un lado lo perderemos por el otro. No se trata de esquivar la mención, siempre necesaria, de los rasgos del proyecto alternativo. Se trata de preguntarse si la mera enunciación de éste, mil veces realizada desde la trinchera del ecologismo radical, es suficiente, en clave de comunicación pública, para desvelar un problema tan hondo. Y ello por no hablar de que algunas de las manifestaciones del proyecto ecosocialista de siempre no acaban de dar el paso definitivo en el sentido de cuestionar directamente las presuntas virtudes del crecimiento económico. En ese sentido, el término ‘decrecimiento’, pese a sus carencias, tiene la virtud de poner delante de nuestros ojos determinadas exigencias que en otras circunstancias quedarían un tanto mortecinas. Dicho sea de paso, no parece que sea distinto lo que corresponde afirmar del vocablo ‘acrecimiento’, que más bien parece invocar la conveniencia de dejar, sin más, las cosas como están.
Es verdad que la discusión que nos atrae tiene perfiles distintos si utilizamos los indicadores económicos del sistema o si empleamos otros de carácter alternativo. En el primer caso no hay manera de esquivar una conclusión: nuestra demanda de acabar con la actividad –o al menos de reducir ésta– de sectores como el militar, el automovilístico, el de la aviación, el de la construcción o el de la publicidad se traduciría en una reducción del Producto Interior Bruto (PIB), sin que sea sencillo entender qué es lo que de malo aprecian en ello quienes recelan del término ‘decrecimiento’. Parece como si reclamar medidas que deben rebajar los niveles del PIB fuera, en sí misma, una actividad pecaminosa. Harina de otro costal es lo que sucedería si utilizásemos indicadores alternativos que valoren en su justo punto las actividades de cariz social y medioambiental. No hay ningún motivo para rechazar que el retroceso de los sectores económicos cuya actividad queremos que se reduzca se vería compensado entonces por el impulso que recibirían esos menesteres sociales y medioambientales, con lo que, en el cómputo final, la economía en conjunto podría no decrecer.
Pero no debe olvidarse que, por muy lógica que sea esta última consideración, lo cierto es que el común de las gentes razona conforme a los indicadores convencionales, de tal suerte que parece preferible poner delante de los ojos de la ciudadanía lo que aquéllos, pese a su impresentabilidad general, revelan bien a las claras: el peso ingente de actividades económicas extremadamente dañinas para el medio natural y la necesidad consiguiente de ponerles freno. Hay quien aducirá que asumir como propio, aun a regañadientes, ese terreno de juego es una opción delicada, o al menos lo es si uno demanda, en época de elecciones, el cierre de complejos fabriles y el reparto del trabajo (tal vez esto explica, siquiera sólo sea de modo parcial, por qué el ámbito en el que las propuestas de decrecimiento germinan con mayor rapidez es el que proporciona el mundo libertario, por definición ajeno a las consultas electorales).
Lo que en ningún caso debemos hacer es trampear con cuestiones tan delicadas como éstas, toda vez que podríamos deslizarnos por un camino mil veces recorrido, como es el de rebajar nuestras propuestas para que la ciudadanía no vea en ellas lo que a muchos nos gustaría, muy al contrario, que viese con claridad. En este orden de cosas, el término ‘decrecimiento’ tiene la virtud del aldabonazo que coloca delante de nuestros ojos un problema fundamental tras obligarnos a formular preguntas muy delicadas sobre la sinrazón que rodea al crecimiento que nos venden por todas partes. Creo que eso es lo que aprecian en él, por lo demás, la mayoría de los interpelados. Y es que semejante capacidad de despertar conciencias no la tiene ninguno de los vocablos alternativos que se manejan.
Ello no es óbice para que quienes nos reclamamos del decrecimiento pongamos todo nuestro empeño en subrayar que el proyecto correspondiente no implica en modo alguno, antes al contrario, una general infelicidad. Trabajaremos menos y, muchos, ganaremos también menos dinero, pero disfrutaremos de más tiempo para otros menesteres y demostraremos fehacientemente que es posible vivir, más felices, consumiendo mucho menos y asumiendo, claro, un ambicioso proyecto de redistribución de la riqueza.
Carlos Taibo. Profesor, ensayista y analista internacional