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12 de noviembre de 2010

10 puntos para desintoxicarse del crecimiento y reconectarse a la vida

29 de octubre de 2010












Traducido por Eduard Folch para Dé Magazine

Una premisa

El decrecimiento, más que una teoría nueva, es un nombre impactante para alertar de la necesidad de un cambio. La información que utiliza es conocida desde hace tiempo, lo que aporta, tal vez, es una visión de conjunto, un espacio de confluencia, como una cuenca hidrográfica extensa que recoge ideas y prácticas "alternativas". El decrecimiento reúne conocimientos y perspectivas que son el legado de movimientos sociales y tradiciones culturales, espirituales y religiosas diversas: el movimiento de las mujeres y, en general, los movimientos de emancipación, los movimientos por la paz, los derechos civiles, la noviolencia , el movimiento ecologista, que trabaja por la protección y recuperación de la diversidad biológica y sociocultural, pero también de una visión integrada de la realidad y de la vida, los movimientos "alterglobalizador", que se oponen a la exportación a nivel mundial de una estructura de dominio, que es a la vez económico, tecnológica y mental, donde la jerarquía, el control y la competición imponen su lógica encima de cualquier otra; estas voces proponen un camino alternativo para compartir el mosaico de diversidades y hacer -una red que abarque el mundo, basada en la equidad de los intercambios y en la capacidad de cooperación ante los retos enormes a los que las sociedades humanas han de hacer frente en las próximas décadas.

Así, por un lado, se plantea la necesidad de salir de un conjunto de adicciones que generan "deudas", y por otro, se propone restablecer una serie de conexiones y arraigos, hoy en peligro, para volver a alimentar la vida. Entre estas polaridades, se abre un camino de experimentación y síntesis creativa entre lo viejo y lo nuevo, las tradiciones y las innovaciones, que no se puede agotar ni en diez ni en cien o mil puntos.

Desintoxicarse

1. Salir de la adicción energética

Gran parte de las sociedad humanas se han vuelto adictos, desde hace 150 años, a una inyección elevada y creciente de recursos energéticos, especialmente de origen fósil, el principal es el petróleo. Este es un capital energético "ahorrado" durante miles de millones de años de fotosíntesis, que nos hemos medio gastado sin pedir permiso a las generaciones futuras, y que seguimos utilizando para construir una sociedad cada vez más alejada de su viabilidad ecológica. El cambio climático es el síntoma más contundente que muestra el contrasentido de esta cultura de falsa abundancia energética, que genera una deuda ecológica que deberán pagar nuestros hijos y nietos. Se pondrá freno a este abuso, y dar pasos decididos, desde ahora y progresivamente, hacia un metabolismo social y tecnológico basado en la radiación solar-la única que recibimos de forma gratuita-y sus derivados (eólica , hidráulica, biomasas, mareas ...). Es necesario promover formas de generación distribuida de energía y políticas de ahorro, con una revisión de todas las prácticas energívoros (transporte, agricultura, etc.).

2. Salir de la adicción financiera

La desregulación de las finanzas nos ha hecho vivir los últimos cuarenta años en un estado poco menos que al.lucinatori. El espejismo del dinero fácil nos ha hecho perder el mundo de vista. Muy pocos se han aprovechado y muchos, muchísimos, han sufrido las consecuencias. La suma de abstracción y anonimato ha hecho del dinero el arma de destrucción masiva más devastadora del planeta, para que más inadvertida. En pocas décadas se ha generado una deuda astronómico, que ha llevado el sistema a su colapso y no sabemos cómo y cuándo se podrá devolver. El poder del dinero mueve las palancas del poder a menudo en formas ocultas, a través de operaciones delictivas que no dejan rastro. La actividad especulativa no añade valor sino que aumenta precios, y recaudando sin esfuerzo las rentas que otras personas han generado con trabajo e ingenio. Es necesario adoptar medidas, como la Tasa Tobin o similares, que hagan tributar la circulación del dinero en el mercado, para desincentivar las operaciones puramente especulativas. Hay que recuperar los bancos públicos el monopolio de la creación de dinero, limitando el mecanismo del multiplicador bancario que facilita la expansión incontrolada del crédito. Hay que avanzar hacia una moneda informativa y hacia un sistema económico-transparente.

3. Salir de la adicción productivista

La actividad industrial ha dejado en gran medida de ser funcional a satisfacer necesidades fundamentales y concretas. El engranaje productivista responde más bien a la necesidad de amortizar gastos y generar dividendos para los accionistas. La carrera hacia el crecimiento parece ser el único camino para alimentar este mecanismo insaciable. El circuito producción-consumo se va acelerando constantemente, gracias a la cultura del usar y tirar ya la política de la obsolescencia programada. Por otra parte, se genera al mismo tiempo la necesidades de ingresos proporcionados a la fiebre consumidora. La adicción al consumo se prolonga en la adicción al trabajo, en la dependencia del sueldo, que todavía se hace más perversa con el difundirse de actividades "autónomas", que en realidad se traducen en formas de autoesclavatge aún más alienante. Repensar la actividad productiva, sus prioridades, sus procedimientos, el ciclo de vida de los productos, los criterios de distribución ... son pasos indispensables y urgentes, igual que lo son el reparto de las horas de trabajo, la participación de los trabajadores en el empresa, o unas nuevas pautas en el consumo de manufactes, su mantenimiento, reutilización, reparación y reciclaje.

4. Salir de la adicción informativa

El imaginario ha sido y es la última frontera de un proyecto de colonización planetaria. La publicidad, los medios de comunicación, la industria del entretenimiento, han jugado un papel fundamental en decantar las preferencias del gran público hacia la simplificación y superficialidad de los mensajes. La adicción a la "noticia", es decir, a "pastillas de información" de consumo rápido, carentes a menudo de contexto y de profundidad temporal (ni antecedentes, ni consecuencias) va paralela a la pérdida de capacidad narrativa y sentido crítico. Televisión, videojuegos, imágenes sin conexión que ocupan todo el espacio perceptivo, favorecen el adviento de una sociedad más "fluida", donde se pasa del individuo a la masa sin pasajes intermedios. Se generan hábitos de participación ficticia, o bien porque directamente virtuales, sin repercusión, o bien porque reducidos esquema de la competición bipolar, que banaliza cualquier motivo, incluso serio, de conflicto. Hay que reducir la dosis de exposición a inputs informativos desconectados de la vida real de cada persona. Hay que favorecer el ejercicio del sentido crítico ante lo que nos viene de fuera y que, con promesas inverosímiles, nos manipula. En especial, hay que frenar la omnipresencia de la publicidad y encontrar formas de reglamentación de sus mensajes.

5. Salir de la adicción jerárquica

Un modelo de dominio se basa en los mitos y en la retórica de la independencia, la superioridad y el control. La geopolítica mundial sigue respondiendo a esta lógica imperial, más o menos disimulada, y no a la voluntad de gestionar en común el uso de los recursos y la solución de los problemas. Con todos los medios alimenta una especie de aspiración colectiva a liderazgos fuertes y carismáticos, a "hombres de la providencia" que nos tengan que salvar los desastres que justamente esta ansia de dominio ha generado. Y aquí es pertinente hablar de hombres, ya que este modelo tiene connotaciones históricamente masculinas. La burocratización creciente de las sociedades y de sus servicios principales (administración, salud, educación, justicia, representación política ...) visualiza una tendencia general a la cesión de las propias capacidades y responsabilidades, ya la delegación de una cuota de poder personal. Se siembra la sospecha, por otra parte, que quisieron participar en la política no sea civismo sino el síntoma de una ambición personal, y nos hacen creer que la lucha competitiva es obligada. Todos los racismos-por sexo, condición social, credo religioso o color de piel-nacen de esta cultura de la superioridad, incentivada por la mayoría de culturas. Hay que salir de este imaginario, de este modelo mental "único" y de las prácticas que genera en todas las escalas, grandes y pequeñas.

Reconectarse

6. Arraigarse en el territorio

La relocalización es la primera gran opción para reconectar a una forma de vida posible. Hay que invertir la doble tendencia de urbanización acelerada de una parte y despoblamiento del territorio por la otra. Hay que construir una nueva síntesis entre actividades primaria, secundaria y terciaria basada en el cuidado territorial y en un nuevo equilibrio de distribución de la población. El territorio debe volver a ser la fuente principal de la riqueza material y también identitaria. Reconstruir el mosaico de usos, aprovechar al máximo la actividad fotosintética, redescubrir la biodiversidad local, las rotaciones de cultivos, las complementariedades múltiples entre actividades diversas ...

7. Reencontrarse con el propio tiempo vital

Habría que tener muy clara la percepción de que el tiempo no es simplemente un contenedor anónimo y abstracto, sino también tiempo vivido, y como tal emanación de la persona, vinculado a su salud y etapas vitales. La actividad de los individuos se inscribe en este marco, por lo que habría que repensar las formas sociales de cesión del tiempo propio para garantizar las tareas colectivas y el sostentament personal y familiar. Una renta básica universal permite reconocer un valor intrínseco al hecho de ser persona y desvincular una parte de la capacidad adquisitiva de la actividad "asalariada". El tiempo necesario para la reproducción y el mantenimiento de la vida, o la participación en los asuntos colectivos recibiría de esta manera una ayuda concreto para reservarlo. También se evitan los mecanismos perversos del mercado laboral, donde la abundancia de mano de obra modifica a la baja tanto la remuneración del trabajo como sus garantías.

8. Redescubrir la dimensión comunitaria

La aceleración de los últimos 50 años ha "liquidado" estructuras sociales y formas de convivencia muy antiguas. El ser humano es un mamífero, por el que la socialidad y la identificación en un grupo tiene valor de supervivencia. El haber sustituido los "bienes relacionales" con el consumo de bienes materiales no siempre ha supuesto una mejora de nuestra existencia. El reencuentro de la socialidad y de los bienes que las personas pueden intercambiarse sin hacer uso de dinero es un paso importante en la buena dirección. Un retorno a formas de propiedad pública o comunitaria del territorio (referido a la nuda propiedad, con posible usufructo privado) permitiría dar solidez a experiencias de moneda local en beneficio de la comunidad, para favorecer intercambios dentro de un área geográfica concreta. El ámbito local también es propicio para formas de democracia más participada, con un mayor grado de consenso y de corresponsabilidad sobre el futuro colectivo.

9. Elegir la sobriedad

Con un planteamiento más sobrio, todos podríamos tener lo suficiente para vivir con satisfacción. Volver a reconocer las necesidades reales ya diferenciarlas de las necesidades falsas, es el paso previo para construir un mundo en el que podemos sentirnos prósperos sin malgastar recursos ni humillar a nadie. Es necesaria una mayor conexión entre necesidades y consumo, tanto a la hora de comprar como, también, de producir. Reorientar las prioridades productivas hacia bienes y servicios duraderos, fáciles de arreglar, de poco impacto, por mercados lo menos alejados posible, es otra de las prioridades. Esto será más fácil de realizar, si la empresa se democratiza, con una mayor implicación de los trabajadores en las decisiones de la empresa, según una lógica cercana a la del cooperativismo.

10. Reanudar al sentido

Personas y comunidades tienen otra necesidad fundamental: dar un sentido a la propia actividad y presencia en el mundo. La autodestrucción colectiva no puede ser la respuesta que buscábamos. Hay que hacer espacio, redescubrir el silencio, la quietud, la escucha, para imaginar un mundo posible donde el diálogo, la condivisió, la simplicidad, la belleza, sean la base para un nuevo equilibrio arraigado en la vida.

[Este escrito me solicitó Martí Olivella para intentar resumir la propuesta del decrecimiento en el proceso del "Consenso de Barcelona", del que es uno de los principales impulsores]

19 de septiembre de 2010

Doce preguntas sobre el Decrecimiento

Doce preguntas sobre el Decrecimiento

Doce preguntas sobre el Decrecimiento
7 sep 2010 | Escrito por Nur Sajarah | Categoría: La Tienda donde se detiene el Tiempo

Por Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid, donde también ha dirigido el programa de estudios rusos del Instituto de Sociología de las Nuevas Tecnologías. Es autor de una veintena de libros en castellano, en su mayoría relativos a las transiciones en la Europa central y oriental contemporánea. Carlos Taibo es partidario de los movimientos antiglobalización y uno de los más destacados defensores de la corriente de pensamiento político, económico y social del decrecimiento, que explica a continuación.





Rascacielos en Toronto, fotografiados por Paul (dex)


El del decrecimiento no es un proyecto que sustituya a todo lo que el conjunto de luchas contra el capitalismo ha supuesto desde mucho tiempo atrás: es, antes bien, una perspectiva que permite abrir un nuevo frente de contestación del capitalismo imperante. En ese sentido parece razonable afirmar que en el Norte desarrollado de principios del siglo XXI no es imaginable ningún proyecto anticapitalista consecuente que no sea al mismo tiempo decrecimentalista, autogestionario y antipatriarcal.


1. En el momento presente, ¿es inequívocamente saludable el crecimiento económico?



La visión dominante en las sociedades opulentas sugiere que el crecimiento económico es la panacea que resuelve todos los males. A su amparo – se nos dice – la cohesión social se asienta, los servicios públicos se mantienen, y el desempleo y la desigualdad no ganan terreno.

Sobran las razones para recelar, sin embargo, de todo lo anterior.  El crecimiento económico no genera -o no genera necesariamente- cohesión social, provoca agresiones medioambientales en muchos casos irreversibles, propicia el agotamiento de recursos escasos que no estarán a disposición de las generaciones venideras y, en fin, permite el asentamiento de un modo de vida esclavo que invita a pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y, sobre todo, más bienes acertemos a consumir. Frente a esto se impone la certeza de que, dejado atrás un nivel elemental de consumo, el acrecentamiento irracional de este último es antes un indicador de infelicidad que una muestra de lo contrario. Es razonable adelantar, por lo demás, que la crisis general por la que atravesamos está llamada a permitir que la conciencia en lo que respecta a estos sinsentidos se asiente en una parte significada de la ciudadanía.



2. ¿Cuáles son los pilares en los que se asientan los sinsentidos del crecimiento?




Son tres los pilares en los que se sustenta tanta irracionalidad.

  • El primero es la publicidad, que nos obliga a comprar lo que no necesitamos y, llegado el caso, exige que adquiramos, incluso, lo que nos repugna.
  • El segundo es el crédito, que históricamente ha permitido allegar el dinero que permitía preservar el consumo aun en ausencia de recursos.
  • El tercero es la caducidad de los bienes producidos, claramente programados para que en un período de tiempo breve dejen de funcionar, de tal suerte que nos veamos en la obligación de comprar otros nuevos.


Por detrás de todo ello despunta, en palabras de Z. Bauman, la certeza de que "una sociedad de consumo sólo puede ser una sociedad de exceso y prodigalidad y, por ende, de redundancia y despilfarro".



3. ¿Debemos fiarnos de los indicadores económicos que hoy empleamos?



Los indicadores económicos que nos vemos obligados a utilizar -así, el producto interior bruto (PIB) y afines- han permitido afianzar, en palabras de J.K. Galbraith, "una de las formas de mentira social más extendidas". Pensemos que si un país retribuye al 10% de sus habitantes por destruir bienes, hacer socavones en las carreteras, dañar los vehículos…, y a otro 10% por reparar esas carreteras y vehículos, tendrá el mismo PIB que un país en el que el 20% de los empleos se consagre a mejorar la esperanza de vida, la salud, la educación y el ocio.



Y es que la mayoría de esos indicadores contabiliza como crecimiento -y cabe suponer también que como bienestar- todo lo que es producción y gasto, incluidas las agresiones medioambientales, los accidentes de tráfico, la fabricación de cigarrillos, los fármacos y las drogas, o el gasto militar. Esos mismos indicadores apenas nada nos dicen, en cambio,  del trabajo doméstico, en virtud de un código a menudo impregnado de machismo, de la preservación objetiva del medio ambiente – un bosque convertido en papel acrecienta el PIB, en tanto ese mismo bosque indemne, decisivo para garantizar la vida, no computa como riqueza-, de la calidad de los sistemas educativo y sanitario – y en general de las actividades que generan bienestar aunque no impliquen producción y gasto -, o del incremento del tiempo libre.



De resultas puede afirmarse que la ciencia económica dominante sólo presta atención a las mercancías – lo que se tiene o no se tiene -, y no a los bienes que hacen que alguien sea algo (F. Flahault), en un escenario en el que "las ideas rectoras de la modernidad son más, mayor, más deprisa, más lejos" (M. Linz).



4. ¿No son muchas las razones para contestar el progreso, más aparente que real, que han protagonizado nuestras sociedades durante decenios?



Son muchas, sí. Hay que preguntarse, por ejemplo, si no es cierto que en la mayoría de las sociedades occidentales se vivía mejor en el decenio de 1960 que ahora: el número de desempleados era sensiblemente menor, la criminalidad mucho más baja, las hospitalizaciones por enfermedades mentales se hallaban a años luz de las actuales, los suicidios eran infrecuentes y el consumo de drogas escaso. En EE.UU., donde la renta per cápita se ha triplicado desde el final de la segunda guerra mundial, desde 1960 se reduce, sin embargo, el porcentaje de ciudadanos que declaran sentirse satisfechos. En 2005 un 49% de los norteamericanos estimaba que la felicidad se hallaba en retroceso, frente a un 26% que consideraba lo contrario.



Son muchos los expertos que concluyen, en suma, que el crecimiento en la esperanza de vida al nacer registrado en los últimos decenios bien puede estar tocando a su fin en un escenario lastrado por la extensión de la obesidad, el estrés, la aparición de nuevas enfermedades y la contaminación.



5. ¿Por qué hay que decrecer?




Talado de bosques (foto: Lizzie)


En los países ricos hay que reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras posibilidades, porque es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales. "El único programa que necesitamos se resume en una palabra: menos. Menos trabajo, menos energía, menos materias primas" (B. Grillo).


Por detrás de esos imperativos despunta un problema central: el de los límites medioambientales y de recursos del planeta. Si es evidente que, en caso de que un individuo extraiga de su capital, y no de sus ingresos, la mayoría de los recursos que emplea, ello conducirá a la quiebra, parece sorprendente que no se emplee el mismo razonamiento a la hora de sopesar lo que las sociedades occidentales están haciendo con los recursos naturales. Aunque nos movemos -si así quiere- en un barco que se encamina directamente hacia un acantilado, lo único que hemos hecho en los últimos años ha sido reducir un poco la velocidad sin modificar, en cambio, el rumbo.

Para calibrar la hondura del problema, el mejor indicador es la huella ecológica, que mide la superficie del planeta, terrestre como marítima, que precisamos para mantener las actividades económicas. Si en 2004 esa huella lo era de 1,25 planetas Tierra, según muchos pronósticos alcanzará dos Tierras -si ello es imaginable- en 2050. La huella ecológica igualó la biocapacidad del planeta en torno a 1980, y se ha triplicado entre 1960 y 2003. En paralelo, no está de más que recordemos que en 2000 se estimaban en 41 los años de reservas de petróleo, 70 los de gas y 55 los de uranio.



6. ¿Cuál es la actitud que ante lo anterior exhiben nuestros dirigentes políticos?



Los dirigentes políticos, marcados por un irrefrenable cortoplacismo electoral, prefieren dar la espalda a todos estos problemas. De resultas, y en palabras de C. Castoriadis, "quienes preconizan 'un cambio radical de la estructura política y social' pasan por ser 'incorregibles utopistas', mientras que los que no son capaces de razonar a dos años vista son, naturalmente, realistas". Todo pensamiento radical y contestatario es tildado inmediatamente de extremista y violento, además de patológico.

La idea, supersticiosa, de que nuestros gobernantes tienen soluciones de recambio se completa con la que sugiere que la ciencia resolverá de manera mágica, antes o después, todos estos problemas. No parecería lógico, sin embargo, construir un "rascacielos sin escaleras ni ascensores sobre la base de la esperanza de que un día triunfaremos sobre la ley de la gravedad" (M. Bonaiuti). Más razonable resultaría actuar como lo haría un pater familias diligens, que "se dice a sí mismo: ya que los problemas son enormes, e incluso en el caso de que las probabilidades sean escasas, procedo con la mayor prudencia, y no como si nada sucediese" (C. Castoriadis). No es ésta una carencia que afecte en exclusiva a los políticos. Alcanza de lleno, antes bien, a los ciudadanos, circunstancia que da crédito a la afirmación realizada por un antiguo ministro del Medio Ambiente francés: "La crisis ecológica suscita una comprensión difusa, cognitivamente poco influyente, políticamente marginal, electoralmente insignificante".



7. ¿Basta, sin más, con reducir determinadas actividades económicas?



"Tener - hacer - ser" valores que rigen nuestra cotidianidad (Foto: Lyzadanger)


A buen seguro que no es suficiente con acometer reducciones en los niveles de producción y de consumo. Es preciso reorganizar en paralelo nuestras sociedades sobre la base de otros valores que reclamen el triunfo de la vida social, del altruismo y de la redistribución de los recursos frente a la propiedad y al consumo ilimitado. Los verbos que hoy rigen nuestra vida cotidiana son "tener-hacer-ser": sitengo esto o aquello, entonces haré esto y seré feliz. Hay que reivindicar, en paralelo, el ocio frente al trabajo obsesivo. O, lo que es casi lo mismo, frente al "más deprisa, más lejos, más a menudo y menos caro" hay que contraponer el "más despacio, menos lejos, menos a menudo y más caro" (Y. Cochet). Debe apostarse, también, por el reparto del trabajo, una vieja práctica sindical que, por desgracia, fue cayendo en el olvido con el paso del tiempo.

Otras exigencias ineludibles nos hablan de la necesidad de reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras productivas, de las organizaciones administrativas y de los sistemas de transporte. Lo local, por añadidura, debe adquirir una rotunda primacía frente a lo global en un escenario marcado, en suma, por la sobriedad y la simplicidad voluntaria. Entre las razones que dan cuenta de la opción por esta última están la pésima situación económica, la ausencia de tiempo para llevar una vida saludable, la necesidad de mantener una relación equilibrada con el medio, la certeza de que el consumo no deja espacio para un desarrollo personal diferente o, en fin, la conciencia de las diferencias alarmantes que existen entre quienes consumen en exceso y quienes carecen de lo esencial.



S. Latouche ha resumido el sentido de fondo de esos valores de la mano de ocho "re": reevaluar (revisar los valores), reconceptualizar, reestructurar (adaptar producciones y relaciones sociales al cambio de valores), relocalizar, redistribuir(repartir la riqueza y el acceso al patrimonio natural), reducir (rebajar el impacto de la producción y el consumo), reutilizar (en vez de desprenderse de un sinfín de dispositivos) y reciclar.



8. Esos valores, ¿son realmente ajenos a la organización de las sociedades humanas?



Los valores que acabamos de reseñar no faltan, en modo alguno, en la organización de las sociedades humanas. Así lo demuestran, al menos, cuatro ejemplos importantes. Si el primero nos recuerda que las prácticas correspondientes tienen una honda presencia en muchas de las tradiciones del movimiento obrero – y en particular, bien es cierto, en las vinculadas con el mundo libertario -, la segunda subraya que en una institución central en muchas sociedades, la familia, impera antes la lógica del don y de la reciprocidad que la de la mercancía.



Los campesinos de Europa mediterránea plantaban olivos para sus nietos (Foto:Petr Pakandl)


Pero lo social está a menudo presente, también, en lo que despectivamente hemos dado en llamar economía informal. En muchos casos "el objetivo de la producción informal no es la acumulación ilimitada, la producción por la producción. El ahorro, cuando existe, no se destina a la inversión para facilitar una reproducción ampliada", recuerda S. Latouche. Y está presente en la experiencia histórica de muchas sociedades que no estiman que su felicidad deba vincularse con la acumulación de bienes, y que adaptaron su modo de vida a un entorno natural duradero. No se olvide al respecto a los campesinos que, en la Europa mediterránea, plantaban olivos e higueras cuyos frutos nunca llegarían a ver, pensando, con claridad, en las generaciones venideras. Tampoco debe olvidarse que muchas sociedades que tendemos a describir como primitivas y atrasadaspueden darnos muchas lecciones en lo que atañe a la forma de llevar a la práctica los valores de los que hemos hecho mención.





9. ¿Qué supondría el decrecimiento en las sociedades opulentas?



Hablando en plata, lo primero que las sociedades opulentas deben tomar en consideración es la conveniencia de cerrar – o al menos de reducir sensiblemente la actividad correspondiente – muchos de los complejos fabriles hoy existentes. Estamos pensando, cómo no, en la industria militar, en la automovilística, en la de la aviación o en buena parte de la de la construcción.



Los millones de trabajadores que, de resultas, perderían sus empleos deberían encontrar acomodo a través de dos grandes cauces. Si el primero lo aportaría el desarrollo ingente de actividades en los ámbitos relacionados con la satisfacción de las necesidades sociales y medioambientales, el segundo llegaría de la mano del reparto del trabajo en los sectores económicos tradicionales que sobrevivirían. Importa subrayar que en este caso la reducción de la jornada laboral bien podría llevar aparejada, por qué no, reducciones salariales, siempre y cuando éstas, claro, no lo fueran en provecho de los beneficios empresariales. Al fin y al cabo, la ganancia de nivel de vida que se derivaría de trabajar menos, y de disfrutar de mejores servicios sociales y de un entorno más limpio y menos agresivo, se sumaría a la derivada de la asunción plena de la conveniencia de consumir, también, menos, con la consiguiente reducción de necesidades en lo que a ingresos se refiere. No es preciso agregar -parece- que las reducciones salariales que nos ocupan no afectarían, naturalmente, a quienes menos tienen.



10. ¿Es el decrecimiento un proyecto que augura, sin más, la infelicidad a los seres humanos?



Parece evidente que el decrecimiento no implica en modo alguno, para la mayoría de los habitantes, un entorno de deterioro de sus condiciones de vida. Antes bien, debe acarrear mejoras sustanciales como las vinculadas con la redistribución de los recursos; la creación de nuevos sectores que atiendan las necesidades insatisfechas; la preservación del medio ambiente, el bienestar de las generaciones futuras, la salud de los ciudadanos y las condiciones del trabajo asalariado, o el crecimiento relacional en sociedades en las que el tiempo de trabajo se reducirá sensiblemente.

Al margen de lo anterior, conviene subrayar que en el mundo rico se hacen valer elementos – así, la presencia de infraestructuras en muchos ámbitos, la satisfacción de necesidades elementales o el propio decrecimiento de la población – que facilitarían el tránsito a una sociedad distinta. Hay que partir de la certeza de que, si no decrecemos voluntaria y racionalmente, tendremos que hacerlo obligados de resultas del hundimiento, antes o después, del capitalismo global que padecemos.



11. ¿Qué argumentos se han formulado para cuestionar la idoneidad del decrecimiento?



Los argumentos vertidos contra el decrecimiento parecen poco relevantes. Se ha señalado, por ejemplo, y contra toda razón, que la propuesta se emite desde el Norte para que sean los países del Sur los que decrezcan materialmente. También se ha sugerido que el decrecimiento es antidemocrático, en franco olvido de que los regímenes que se ha dado en describir como totalitarios nunca han buscado, por razones obvias, reducir sus capacidades militar-industriales. Más bien parece que, muy al contrario, el decrecimiento, de la mano de la autosuficiencia y de la simplicidad voluntaria, bebe de una filosofía no violenta y antiautoritaria. La propuesta que nos interesa no remite, por otra parte, a una postura religiosa que reclama una renuncia a los placeres de la vida: reivindica, antes bien, una clara recuperación de éstos en un escenario marcado, eso sí, por el rechazo de los oropeles del consumo irracional.



Mercado en Lagos (Foto: Darwinek)


12. ¿También deben decrecer los países pobres?



Aunque, con certeza, el debate sobre el decrecimiento tiene un sentido distinto en los países pobres – está fuera de lugar reclamar reducciones en la producción y el consumo en una sociedad que cuenta con una renta per cápita treinta veces inferior a la nuestra -, parece claro que aquéllos no deben repetir lo hecho por los países del Norte. No se olvide, en paralelo, que una apuesta planetaria por el decrecimiento, que acarrearía por necesidad un ambicioso programa de redistribución, no tendría, por lo demás, efectos notables en términos de consumo convencional en el Sur.



Para esos países se impone, en la percepción de S. Latouche, un listado diferente de "re": romper con la dependencia económica y cultural con respecto al Norte,reanudar el hilo de una historia interrumpida por la colonización, el desarrollo y la globalización, reencontrar la identidad propia, reapropiar ésta, recuperar las técnicas y saberes tradicionales, conseguir el reembolso de la deuda ecológica yrestituir el honor perdido.


INFORMACIÓN DE:


http://www.solomirar.com/?p=1457

14 de septiembre de 2010

10 Consejos Para Entrar en Resistencia Por El Decrecimiento


6 de septiembre de 2010

Bruno Clémentin y Vincent Cheynet – www.casseursdepub.org

1 - Liberarse de la televisión

Para entrar en el decrecimiento, la primera etapa es tomar conciencia de su influencia. El vector principal de influencia es la televisión. Nuestra primera elección será liberarse de ella. Como la sociedad de consumo reduce el ser humano a su dimensión económica - consumidor -, la televisión reduce la información a su superficie, la imagen. Medios de comunicación de la pasividad, por lo tanto de la sumisión, no deja de agredir al individuo. Por naturaleza, la televisión exige la rapidez, no soporta los discursos de fondo. La televisión es contaminante en su producción, en su uso y luego como residuo. Le oponemos de preferencia nuestra vida interior, la creación, aprender a tocar un instrumento de música, hacer e ir a ver espectáculos vivos… Para informarnos podemos elegir: la radio (sin publicidad), la lectura (sin publicidad), el teatro, el cine (sin publicidad), los encuentros, etc.

2 - Liberarse del automóvil

Más que un objeto, el automóvil es el símbolo de la sociedad de consumo. Reservado al 20%, los habitantes más ricos de la Tierra, conduce inexorablemente al suicidio ecológico por agotamiento de los recursos naturales (necesarios para su producción) o por sus contaminaciones múltiples que, entre otras cosas, genera el incremento del efecto invernadero. El automóvil causa guerras para el petróleo cuyo último en fecha es el conflicto iraquí. El automóvil tiene también por consecuencia una guerra social que produce una muerte todas las horas en Francia. El automóvil es una de las plagas ecológica y social de nuestro tiempo. Le oponemos de preferencia: el rechazo de la hipermovilidad, la voluntad de vivir cerca de su lugar de trabajo, la marcha a pie, la bicicleta, el tren, los transportes públicos.

3 - Negarse a coger el avión

Negarse a tomar el avión, es romper, en primer lugar, con la ideología dominante que considera como un derecho inalienable la utilización de este modo de transporte. Aunque, menos del 10% de los seres humanos han cogido alguna vez el avión. y menos del 1% lo coge una vez todos los años. Este 1%, la clase dominante, son los los ricos de los países ricos. Son ellos quienes tienen los medios de comunicación y fijan las normas sociales. El avión es el modo de transporte más contaminador por persona transportada. A causa de su gran velocidad, convierte en artificial nuestra relación a la distancia. Le oponemos y preferimos ir menos lejos, pero mejor, a pie, en carreta a caballo, a bicicleta o en tren, en velero, con todos los vehículos sin motor.

4 - Liberarse del teléfono móvil

El sistema genera necesidades que se convierten en dependencias. Lo que es artificial se vuelve natural. Como muchos objetos de la sociedad de consumo, el teléfono es una falsa necesidad creada artificialmente por la publicidad. “Con el móvil, Ud es movilizable en todo momento”. Con el portable tiraremos también los hornos microondas, las cortadoras a césped y todos los objetos inútiles de la sociedad de consumo. Le oponemos y preferimos el teléfono normal, el correo, la palabra, pero sobre todo, intentaremos existir por nosotros-mismos en lugar de pretender colmar un vacío existencial con objetos.

5 - Boicotear la gran distribución

La gran distribución es indisociable del automóvil. Deshumaniza el trabajo, contamina y desfigura los perímetros de las ciudades, mata los centros-ciudad, favorece la agricultura intensiva, centraliza el capital, etc. La lista de las plagas que representa es demasiado larga para ser enumerada aquí. Le oponemos y preferimos: ante todo consumir menos, la autoproducción alimentaria (huerta), también los comercios de proximidad, los mercados, las cooperativas, la artesanía. Eso nos conducirá también a consumir menos o a rechazar los productos manufacturados.

6 - Comer poca carne

O mejor, comer vegetariano. La condición reservada a los animales de ganadería revela la crueldad técnico-científico de nuestra civilización. La alimentación a base de carne es también una importante problemática ecológica. Es mejor comer directamente cereales que utilizar tierras agrícolas para alimentar animales destinados al matadero. Comer vegetariano o comer menos carne debe también desembocar en una mejor higiene alimentaria, menos rica en calorías.

7 - Consumir local

Cuando se compra un producto importado, se consume también el petróleo necesario para su transporte hacia nuestro país. Producir y consumir local es una de las condiciones principales para volver a entrar en el decrecimiento, no en un sentido egoísta, por supuesto, sino al contrario para que cada pueblo encuentre su capacidad de auto abastecerse. Por ejemplo, cuando un campesino africano cultiva habas de cacao para enriquecer a algunos dirigentes corrompidos, no cultiva de que alimentarse y alimentar su comunidad.

8 – Politizarse

La sociedad de consumo nos deja la elección: entre Pepsi-Cola y Coca-Cola o entre un producto de “comercio justo” y uno convencional. Nos deja la elección de consumidores. El mercado no es ni de derecha, ni del centro, ni de izquierda: impone su dictadura financiera teniendo por objetivo rechazar todo debate y todo conflicto de ideas. La realidad sería la economía: a los seres humanos el someterse a ello. Este totalitarismo se impone paradójicamente en nombre de la libertad consumir. El estatuto de consumidor se considera como superior al del ser humano. Preferiremos politizarnos, como persona, en las asociaciones, los partidos, para combatir la dictadura de las compañías. La democracia exige una conquista permanente. De lo contrario se muere cuando es abandonada por sus ciudadanos. Hoy es el momento de inhalarle las ideas del decrecimiento.

9 - Desarrollo personal

La sociedad de consumo necesita consumidores serviles y sometidos que no desean ya ser plenamente humanos. De este modo, éstos no pueden vivir sino gracias al embrutecimiento, por ejemplo, ante la televisión, los “ocios” o el consumo de neurolépticos (Proxac…). Al contrario, la disminución económica tiene por condición una expansión social y humana. Enriquecerse desarrollando su vida interior. Favorecer la calidad de la relación con sigo mismo y con los otros en detrimento de la voluntad de poseer objetos que le poseerán a su vez. Pretender vivir en paz, en armonía con la naturaleza, no ceder a su propia violencia, he aquí la verdadera fuerza.

10 – Coherencia

Las ideas están para ser vividas. Si no somos capaces de llevarlas a la práctica, sólo tendrán por función hacer vibrar nuestro ego. Vivimos todos en el compromiso, pero buscamos a tender a más coherencia. Es la clave de éxito de la credibilidad de nuestros discursos. Cambiemos y el mundo cambiará. Esta lista no es por supuesto exhaustiva. A ustedes el completarla. Pero si no pretendemos tender hacia esta búsqueda de coherencia, nos veremos reducidos a lamentarnos muy hipócritamente sobre las consecuencias de nuestro propio modo de vida. Obviamente, no es el modo de vida “puro” sobre la Tierra. Vivimos en el compromiso y es bueno así.

INFORMACIÓN DE:

http://www.decrecimiento.info/2010/09/10-consejos-para-entrar-en-resistencia.html