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22 de julio de 2011

¿Facebook es Matrix o Matrix es Facebook?

¿Facebook es Matrix o Matrix es Facebook?
José Steinsleger
La Jornada, 13 de julio de 2011
Reyna, hermoso nombre (¿seudónimo?) de un@ lectora, me dijo: vive usted en los 60”. Lo tomé como cumplido y recordé las palabras de Paul Nizan al empezar Adén Arabia, estimulante librito de viajes: “Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida” (1932).
Creo que la generación del 60 tuvo el coraje de escapar de la caverna de Platón. Julio Cortázar cavilaba entonces sobre las miserias del hic et nunc, y “…el sentimiento del absurdo por el que nos definimos y definimos el mundo”.

En La vuelta al día en 80 mundos, Cortázar nos presentó a Jules Laforgue (poeta y amigo del comunero Arthur Rimbaud), quien para ordenar la agenda mostró un recurso sencillo: “…¿para qué la vaporosa metafísica cuando tenemos a mano la física palpable?”.

Algunos intuimos que el otro Julio (Verne) había sido algo más que un autor de ciencia-ficción. Ubiquémonos. Es correcto asociar “los 60” (y parte de los 70) con lo antiguo y pasado, mas no sería conveniente igualar las tres vertientes revolucionarias de la época: la real (Cuba), la ideal (París 1968), y la virtual que, sigilosamente, empezó a programar el mundo de nuestros días.

La vuelta al día… apareció en sincronía con el grupo de investigadores estadunidenses que se enfrascaron (sin proponérselo) en la tarea que progresivamente confundió ciencia y tecnología, hardware y software, desarrollo y crecimiento, sexualidad y sexo, redes y telarañas, etcétera (Network Working Group, NWG, 1968).

Seguramente, aquellos muchachos tan pragmáticos se habían formado en las 13 virtudes de Benjamín Franklin. Y a ellos, más el generoso apoyo del Pentágono, la belicista corporación Rand, y la “teoría de redes” del polaco Paul Baran (fallecido en marzo pasado), debemos los primeros protocolos que permitieron interactuar a las computadoras: el interface message processor, o interfaz.

La primera red fue un sistema de intercomunicación militar (Arpanet, 1967), y se conectó en 1969. Luego, en 1971, Ray Tomlinson inventó el correo y el arroba (@), y un año después se realizó la primera presentación pública en Washington. En 1983, con la creación de los protocolos TCP/IP, nació Internet: la “red de redes”.

No sigo con la historia de una tecnología, porque el asunto de marras es un programa: Facebook. Ahora bien: ¿programa para qué? Mark Zuckerberg sostiene que su creación “trata de ayudar a la gente a compartir información con sus amigos”. Sin embargo, a inicios de mayo pasado, en el programa de televisión Russia Today, el experto en redes y enredos Julian Assange, director de Wikileaks, dijo que “Facebook es la máquina de espionaje más terrible del mundo, jamás inventada”.
Con ánimo “sesentista” (quiero decir: no neutral), creo que Mark Zuckerberg (26 años) es uno más de los geniecillos empecinados en convencernos de que la sociedad puede cambiar a través de la tecnología. Y Assange (41), una suerte de hijo pródigo de aquellos que (ideológicamente correctos), buscaban el cambio social con buenos sentimientos libertarios.

No cabe sino agradecer a Julian los servicios prestados para saber de lo sabido y no difundido. En cambio, me resulta difícil desligar el programa de Facebook de películas de “ciencia ficción” como las de la trilogía Matrix (1999-2003). ¿La recordamos? En la dimensión Matrix, la vida de casi todos los seres humanos ha sido esclavizada por las máquinas y las inteligencias artificiales, y viven en estado de simulación social en un mundo ilusorio.

Las películas de Zuckerberg acaban de empezar. ¿Cuántas versiones habrá en cartelera? En 2008 y 2009, con millares de espectadores (¿usuarios?), vimos Un millón de voces contra las FARC, Mil personas que odian a Hugo Chávez, La misteriosa eliminación del perfil de la televisión del partido de los comunistas italianos y El nuevo banco de datos de los terroristas internacionales.

En 2010 fue estrenada Facebook borra la página sueca de Wikileaks (con 30 mil usuarios), y la película de siempre reciclada desde hace más de medio siglo: el portal de Cubadebate cerrado por la denuncia de YouTube sobre derechos de autor (un video sobre el terrorista de la CIA Luis Posada Carriles), y la campaña Por el levantamiento popular en Cuba.

Frente a las manifestaciones del pueblo egipcio, el instituto sionista Albert Einstein (con sede en Washington), remitió a los usuarios de Facebook y Twitter instrucciones del Departamento de Estado y la CIA (cómo vestirse, por dónde circular, qué gritar: “¡La policía y el pueblo contra la injusticia! ¡Viva Egipto!”

El 15 de mayo último, a petición del gobierno de Israel y con motivo de otro aniversario de la Nakba (exterminio), Zuckerberg borró las cuentas de medio millón de usuarios que en Facebook defendían la causa palestina.

Como imagino que Reyna debe andar por los veinte y pico, anhelo, de todo corazón, que en 2050 no se vea en la situación de explicarle a los nietos, por qué buena parte de su generación consintió en regresar, sumisa y “amigablemente”, a la cueva del venerable filósofo conservador.

Facebook y la vida de los otros.

Facebook y la vida de los otros.
La Jornada 06jn11
José Steinsleger
Se dice que la posibilidad de insertar un comentario al pie de los textos publicados facilita la comunicación entre autor y lector. No estoy muy seguro. ¿Cómo responder a todos? Desde ya, agradezco las versátiles opiniones suscitadas a raíz de mi artículo Facebook: ¿coro de pajaritos? (La Jornada, 29/06/11).

Mis apuntes fueron disparados por una observación del escritor y medioambientalista argentino Antonio Elías Brailovsky: “…la historia de cómo y por qué perdimos el rumbo y comenzamos a pedirle a la tecnología cosas que no puede darnos es larga y merece opiniones diversas”.

Brailovsky dice que una de ellas consiste en creer que podemos remplazar funciones naturales por medios tecnológicos. Mario Benedetti, por ejemplo, decía que enviar un te quiero.com, revela un déficit de comunicación personal. O lo que es igual: ¿comunicación es igual a información, conexión, catarsis?

Hace unos años, el actor mexicano Ricardo Fuentes organizó el proyecto Volver a las cartas, con miembros del Sistema Nacional de Creadores. Ricardo andaba preocupado por la despersonalización que ha traído la era de Internet y los correos electrónicos (La Jornada, 21/8/5). “La tecnología –declaró– contradice su propósito y termina por alejar a las personas más que unirlas.” ¿En qué habrá terminado su proyecto?

Los modelos de la industria digital (pretenciosamente llamada cultura) están vaciando de sentido a la comunicación. En lugar de responder a necesidades pensadas, el imparable consumo de tecnologías digitales es inducido por un puñado de programadores que se rigen por un concepto falaz de mercado: decidir ahora y ya lo que necesitamos.

Feisbuc o feis (permítame) se presenta como inofensivo sitio de la web para estimular las relaciones interpersonales. No lo dudo: debe ser vibrante rencontrarse con un amigo de la infancia, o la novia de juventud. Sin embargo… ¿recuperaríamos aquella inocencia? ¿Y si frente a la novia de ayer ambos quedamos tiesos del espanto? En estos casos, feis sugiere (amigablemente) que enviemos el álbum familiar completo, y otras intimidades. ¿Qué queeé…? ¡Ni madres!

La última tecnología feis (reconocimiento facial para etiquetar las fotos de forma automática) exhuma las desastradas obsesiones del criminólogo italiano Cesare Lombroso. Una tecnología similar a la del proyecto Automatic DJ, usada para fines no agresivos: saber qué música nos gusta, con tan sólo hacernos una foto…

Ahora feis usará las fotos para clasificarlas en tipos de consumidores, basándose en preferencias y gustos. Y como los gobiernos compran estos datos para sus propios fines, las arbitrariedades lombrosianas (desestimadas por la ciencia a inicios del siglo pasado) volverán a la acción con tan sólo mirarnos la cara. Paradojas de la tecnología moderna.
Algunos dicen que feis también es una herramienta para luchar contra todas las dictaduras y la globalización excluyente. Dejaré esto para el siguiente artículo. Por ahora, pregunto: si en este mundo nada es gratis… ¿por qué 550 millones de personas (al alza) consintieron en regalar a feis pasado y presente de una información que, en principio, calificarían de privada?

Del poeta Stephan George: ¡ya vuestro número es un ultraje! Pero al margen de ansiedades y contrasentidos… ¿a los feisbuquianos les importa saber dónde y cómo se procesa y almacena esa formidable masa de datos que tecnológicamente requiere de centralización y control? En The Guardian, Tom Hodgkinson escribió acerca de los chicos de Feisbuc: Todo lo conectan y todo lo guardan. Nada se les escapa. Fotos, correos electrónicos, conversaciones, imágenes, música, etcétera. Con eso definen un perfil sico-socio-político de cada sujeto, y así te mantienen en la mira. Una vez ingresas, ya no te dejan salir; y si lo logras, toda tu información privada queda ahí.
Hodgkinson sostiene que “…el sitio fomenta el individualismo para mantener un mayor control de la masa, y hace creer a los imbéciles que son importantes”. Mark Zuckerberg, su creador, parece darle la razón. En el libro The Facebook effect (David Kirkpatrick, Simon and Schuster, 2010), se transcribe un chat que el joven multimillonario escribió en los inicios del fenómeno mediático:

“Tengo 4 mil correos electrónicos y sus contraseñas, fotos y números de seguridad social. La gente confía en mí: they are assholes.

Según Hodgkinson, Facebook está bajo control de las 16 agencias de seguridad de Estados Unidos, empezando por la CIA y el Departamento de Defensa. El periodista inglés anda bien encaminado. En mayo pasado, luego de la ruidosa muerte de Bin Laden, el canal TV Q13 de Seattle entrevistó a la indignada madre del niño Vito Lapinta, alumno de séptimo en una escuela primaria de Tacoma (estado de Washington).

Desde su cuenta, Vito había expresado su preocupación de que agresores suicidas atacaran al presidente Obama. Al día siguiente, agentes del servicio secreto lo interrogaron en pleno horario escolar.

Descrecimiento en la comunicación: Facebook: ¿coro de pajaritos?

Descrecimiento en la comunicación: Facebook: ¿coro de pajaritos?
José Steinsleger
La Jornada, miercoles 29 de junio
“Yo sólo quiero mirar los campos / yo sólo quiero cantar mi canto / pero no quiero cantar solito / yo quiero un coro de pajaritos… / yo quiero tener un millón de amigos / y así más fuerte poder cantar.”

Ignoro si el brasileño Roberto Carlos logró con sus canciones “un millón de amigos”, pero es sabido que vendió más de 120 millones de discos, y a causa de su agitada vida afectiva tuvo éxito con letras como ¿Adónde se van los amigos que se van?, o Amiga, si quieres dialogar cuenta conmigo. Mi preferida dice: “Yo soy de esos amantes a la antigua / que suelen todavía mandar flores”. Y la que me pone serio se llama Enamorada de un amigo mío francés: “Lo siento mucho, amiga mía, / pero debes entender que nuestro amor sufre una crisis….”

Miles de años después, me pregunto si la negativa a “chatear” o figurar en Facebook me priva de la alegría de tener cientos de “amigos”. ¡Cientos!… Cuando junto unos pesos, apenas puedo agasajar a diez. Uno de mis abuelos, que con cualquier pretexto festivo llenaba la casa de gente, me dijo un día: “Los amigos son como las mujeres: van y vienen. Si a lo largo de la vida conservas cuatro o cinco, date por feliz”.
Con los altibajos de rigor, creo haber sido un tipo feliz. Además, cuento con e-mail, y una antigualla llamada “teléfono fijo”. A propósito, ¿cómo es que a dos años de pagar a Telmex el derecho a no figurar en el directorio, siguen llamando los optimistas candidatos del PAN, las agencias de Bancomer para cobrar una deuda que no es mía, o personas del otro lado del muro que aseguran ser parientes? ¿No se supone que firmé un “convenio de privacidad”?

No uso celular porque no lo necesito, y valoro a Internet como “herramienta de trabajo”. Sin embargo, Facebook me pone en guardia. Coincido con el inglés Tom Hodkinson, autor de un magnífico trabajo sobre Facebook, donde sugiere que la red anima “un espíritu competitivo de la amistad: con los amigos de hoy, la calidad no cuenta y la cantidad es el rey…” (The Guardian, 14/1/8).

Además, conviene no cometer errores. El año pasado, leí que una niña de Londres invitó desde su cuenta a un grupo de amigos para celebrar su fiesta de cumpleaños, y recibió la confirmación de 21 mil personas. No todas asistieron. Sólo aparecieron cinco mil, y a solicitud del padre la policía tuvo que acordonar el barrio.
En cambio, otra mujer anunció a “mil amigos” que se había tomado todas sus pastillas, y nadie hizo nada. Al día siguiente apareció en su página un mensaje que decía: “Mi muy querida Simone… te extrañaremos pero tu legado (sic) continuará”. Y otro más: “Si alguno de ustedes de veras se llama amigo, debe ir a ver si está bien. Me alegra no conocer en persona a ninguno de ustedes. No tienen corazón” (La Jornada, 7/1/11).

Drama que, al parecer, no pasaría por ahí. En abril de 2009, un informe del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California observó que el abuso de Facebook puede afectar al desarrollo de la comprensión, la admiración y otras emociones humanas. “Tras leer por enésima vez que otro de nuestros 300 contactos en Facebook ha tenido un día de perros, somos incapaces de sentir nada ni de compadecernos por esta persona”, dice el estudio.

En cuanto a rendimiento académico, una investigación realizada en más de 200 estudiantes de la Universidad de Ohio concluyó que aquellos universitarios que reconocieron ser usuarios de la red social tenían unas notas medias entre 3 y 3.5 sobre un máximo de 5 puntos. Por su parte, los que no utilizaban la página alcanzaron un promedio de entre 3.5 y 4 puntos. Los adictos reconocieron que estudiaban sólo entre una y cinco horas a la semana, en tanto los que no entran en la página dedican 11 horas a los libros.

Sigamos. En Internet y la vida de los estudiantes estadunidenses (estudio del Proyecto Pew) se dice que 45 por ciento de las personas de todas las edades gustan de socializar a través de las computadoras y aparatos portátiles. Pero 48 por ciento aseguraron ser indiferentes a estas redes sociales y sentirse abrumados por los aparatos o, de plano, descartan Internet. Cerca de 7 por ciento fueron calificados de “ambivalentes”, que serían los que sienten ansiedad cuando están desconectadas (pues creen que se perderán de algo), al tiempo de reconocer que necesitan un respiro.

Con Facebook, Linkedin, Plaxo y Twitter, los jóvenes tratan de no quedar a un lado o sentirse irrelevantes. Y como Facebook lo sabe, hace correr en la red una aplicación con la cual leemos los nombres de la gente que tenemos registrados en la inbox del correo electrónico: “fulanito está en Facebook y te invita a unirte a él”. Práctica que tambien realiza Linkedin.

¿Y las cláusulas de “seguridad” y “privacidad”? En la práctica (y así como en Telmex, Bancomer o el PAN) no existen. Cosa que a Facebook le vale, porque también sabe que la mayoría de las personas no piensan en esto. Y menos en que su seguridad personal pueda ser violentada. Asunto que obliga al siguiente artículo: Facebook y la verdadera vida de los otros.