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15 de abril de 2010

¿Quién debe a quién?. Los países empobrecidos como acreedores económicos, sociopolíticos y ecológicos.

¿Quién debe a quién?. Los países empobrecidos como acreedores económicos, sociopolíticos y ecológicos.

Autores personales: Calle, Ángel (Autor/a; Canal)


Índice:
Introducción.
Los países del Norte "necesitan" un Sur.
La deuda externa: un mecanismo de dominación "suave".
Los países empobrecidos son, en realidad, acreedores.
La deuda económica: el expolio histórico.
La deuda política: dictaduras contra pueblos.
La deuda ecológica: el mundo como banquete para unos pocos.
La deuda social: la injusticia global.
¿Y ahora qué?.
Bibliografía.


Introducción.

En los círculos económicos y políticos que rigen buena parte del destino del mundo (desde el Fondo Monetario Internacional hasta los gobiernos de los países más ricos) la deuda externa representa un “problema” originado por los países del llamado Sur. No pagan, luego son deudores, nos afirman. Ello justificará la imposición de políticas económicas beneficiosas para los más ricos, de la mano del Fondo Monetario Internacional y de los “acuerdos” para la renegociación del pago de la deuda externa.

Pero ¿de qué deuda estamos hablando? Si para realizar el cómputo de dicha deuda incluimos también otras dimensiones de la misma como el expolio histórico de los países empobrecidos por parte de empresas del Norte, la contaminación planetaria y el uso excesivo de recursos para mantener el consumo no sostenible de una minoría acaudalada o los préstamos que se realizan para apoyar a una dictadura o a una élite del país receptor nos encontraremos con una situación bien distinta: son los países empobrecidos los que son acreedores de una deuda económica, histórica, social, política y ecológica.

Los países del Norte "necesitan" un Sur.

El modelo económico que rige la práctica totalidad del mundo, un capitalismo de corte neoliberal, lejos de situar las necesidades de las personas (materiales y de expresión) en el centro de su reproducción, trabaja, o digamos que nos hace trabajar, para situar a multinacionales y capitales financieros como motores del planeta.

Como consecuencia de ello el número de empresas multinacionales superó ya la cifra de 50.000. Controlan un setenta por ciento del comercio internacional, aunque en términos laborales, el número de puestos de trabajo que directamente ofrecen es inferior a 100 millones. El mercado de divisas, de especulación sobre la diferencia de cambio en las monedas, era ya en 1995 sesenta veces superior al intercambio real de bienes y servicios. Mientras tanto, las dos décadas que van desde 1980 al 2000 supusieron “veinte años de descenso en el progreso”: los niveles de crecimiento económico de los países más pobres pasaron del 2% a registrar un decrecimiento real; también en sanidad o en educación las tasas de mejora de las décadas precedentes no pudieron mantenerse.

Se expanden los “derechos del capital” pero no los “derechos humanos” como se recoge en los propios informes del PNUD (2001). Este modelo económico se alimenta desde el Norte, donde radican las empresas más importantes y se concentra el poder político , y sirve sobre todo para alimentar los niveles de consumo del 20% de la población mundial más acaudalada del planeta. Pero es un modelo que no sólo vive a costa de gran parte de la población del llamado Sur, sino que además necesita a estas personas empobrecidas para seguir engrasando la maquinaria neoliberal.

En efecto, los países empobrecidos proveen a los países del centro económico de recursos materiales, monetarios y biológicos indispensables para que la rueda neoliberal siga girando.
Entre los recursos materiales contaremos con las materias primas necesarias para la elaboración de productos manufacturados, que en algunos casos volverán al Sur con un precio sustancialmente incrementado (desde el café hasta los materiales indispensables para fabricar un teléfono móvil).

También desde el Norte se reclamará satisfacer las necesidades de consumo de los “nuevos ricos”: langostinos de Ecuador o Madagascar, carne y cereales transgénicos al servicio de una dieta “rápida” y desequilibrada. Especialmente sensibles se encontrarán los países del Norte a las alteraciones que pudieran producirse en el servicio de recursos energéticos indispensables, para lo cual no se tendrán miramientos a la hora de apoyar regímenes dictatoriales (caso español: avidez por el gas argelino o por el petróleo guineano) o emprender las guerras y desestabilizaciones sociales que sean necesarias (Estados Unidos: ocupación de Iraq, desestabilización de Venezuela). Progresivamente, bajo una creciente división internacional del trabajo, los países empobrecidos se convierten en abastecedores industriales mientras que los más ricos son proveedores mundiales de servicios financieros y tecnológicos.

Los recursos monetarios no son tampoco despreciables: pagos derivados de la deuda externa, beneficios de multinacionales, lucros generados por la dependencia tecnológica del Sur con respecto al Norte, ganancias especulativas derivadas de los turbulentos mercados financieros que arrastran tras de sí a países enteros. Así, desde el llamado Sur, el cobro de la deuda externa supuso un envío de 372.575 millones de dólares en el 2003, cifra cinco veces superior a lo que los gobiernos enviaron en concepto de ayuda al desarrollo, que fueron 69.000 millones de dólares (en el 2002 este envío resultó casi diez veces superior, pues la denominada ayuda al desarrollo fue de 37.000 millones de dólares).

Los negocios internos entre la casa matriz y las compañías filiales constituyen ya un tercio del comercio mundial. Un negocio de puertas adentro que no admite competidores y que se manipula a favor de las empresas que buscan declarar pérdidas con objeto de no pagar impuestos, para lo cual inflarán artificialmente las ventas a las empresas subsidiarias o endeudarán a las filiales . Así mismo, los grandes fondos de inversión ven en los países objetivos directos de su especulación dando lugar a crisis (México 1994, Rusia y sudeste asiático en 1997, Brasil 1998, Argentina 2001, entre otros) que dejan tras de sí un reguero de empobrecimiento y exclusión social. El dinero llama al dinero, pero lo mucho a lo menos, como se afirma popularmente.

Por último, los recursos biológicos constituyen el gran negocio de las empresas avispadas del Norte. La bioprospección persigue “descubrir” plantas y usos medicinales, que forman parte del saber de comunidades indígenas en muchos casos, para luego patentarlas mundialmente y apropiarse así de conocimientos ancestrales sin tener que invertir un duro en investigación. Los fundamentos de la vida son objeto de creciente mercantilización.

La deuda externa: un mecanismo de dominación "suave".

La extracción de estos recursos, como todo ejercicio de dominación, se sirve de mecanismos “fuertes”, físicos, para imponer su poder (la represión, la guerra, los procesos de colonización), pero también de medios más “suaves”, culturales y simbólicos en gran medida, que buscan legitimar procesos sin mancharse las manos (por ejemplo, la educación en pautas consumistas o la difusión mediática de discursos que presentan a la llamada globalización económica como un fenómeno “imparable” y “beneficioso” para la humanidad).

La deuda externa se acerca más a los mecanismos de dominación “suaves” que permiten garantizar un flujo constante de recursos materiales, monetarios y biológicos desde el Norte hacia el Sur. Al fin y al cabo, una creencia simplista y que coloca el sistema económico como fuente de todo derecho y de toda racionalidad aplicable a las relaciones humanas nos lleva a suponer, y a exigir, que toda “deuda” ha de ser pagada. Esta opinión no entra a valorar las circunstancias que rodearon el establecimiento de esta deuda; quiénes, para qué y con qué consecuencias reales asumieron dicho compromiso financiero. Pero esta creencia sí sirve para legitimar los constantes procesos de renegociación de una deuda, impagable en muchos casos, en los cuales, subrepticiamente, se introducen condicionalidades tales como: la privatización de servicios públicos (que irán a parar a manos de inversores extranjeros en muchos casos), la eliminación de obstáculos a la circulación de capitales, el establecimiento de tasas de interés altas que beneficiarán a los especuladores, la intensificación de los procesos de extracción de recursos sin tener en cuenta las consecuencias medioambientales . Todo ello con el objetivo de asegurar e incrementar el flujo de recursos del Sur hacia el Norte. Y además sin tener que recurrir, al menos momentánemente, al uso de una violencia visible y que hoy tiene más problemas para encontrar la aquiescencia de la opinión pública.

¿Y cómo fue generado este mecanismo de dominación “suave”?. Gobernantes de países recién independizados, dictadores en muchos casos, creyeron que el alza en los 60 de la demanda de materias primas daba margen para endeudamientos públicos, y también para los negocios privados. En los 70, el precio del petróleo pasa de 3 a 34 dólares en 8 años. Son los “petrodólares” que de las manos de los productores, bastantes jeques árabes entre ellos, pasan a los bancos europeos, interesados en prestar rápido y sin muchos miramientos. La bola de la deuda externa se agiganta. La puntilla la pone las subidas de los tipos de interés y la revalorización del dólar de finales de los 70, una medida auspiciada por los Estados Unidos. Los intereses son ya impagables. México dice en 1982 que no paga, y tras él, Brasil. El “problema de la deuda externa” está servido. Los ricos hicieron más dinero y los pobres quedaban condenados a pagar la irresponsabilidad interesada de los primeros.

¿Cuál es la situación actual? La deuda externa de los países más pobres es de 2,4 billones de dólares. Una cantidad “irrisoria” en el panorama financiero internacional, pues representa el 4% de la deuda mundial. El déficit comercial de Estados Unidos es superior al medio billón de dólares: depende de quién deba para que el asunto sea un problema o se considere un mal necesario para el “avance económico” del mundo. En concreto, los 41 países más empobrecidos “deben” 300.000 millones de dólares. Por su parte, el Estado español es “acreedor” de unos 12.000 millones de euros (2 billones de las antiguas pesetas). Y los “deudores” se corresponden con países de interés económico para las empresas de este país: Argelia (por su gas) es el primero de la lista con unos 1.141 millones de euros. Le siguen Rusia (961 millones) y China (819 millones) mercados emergentes o interesantes para inversionistas españoles que se han beneficiado de fondos de ayuda a la exportación (FAD), créditos que engordaban la deuda externa y que obligaban a realizar compras en España.

Las elites políticas y económicas, conscientes de que era necesario vender que había una toma de conciencia sobre la problemática han ido poniendo sobre la mesa, y haciendo pregonar a bombo y platillo, sucesivas iniciativas “destinadas” a la reducción del monto de la deuda, al menos para los países más pobres. En 1996, prometieron anular el 80% de la deuda de los más pobres. Finalmente, seleccionaron 42 países, la mayoría del África Subsahariana, a los que aplicarían un plan de reducción de deuda, la llamada iniciativa HIPC (países pobres altamente endeudados, en inglés), que luego se “reforzaría” en 1999, prometiendo el 90% de reducción, durante la cumbre del G7 en Colonia. En realidad, se trataba de eliminar algo de deuda que no iba a ser pagada en cualquier caso. A cambio, los países realizaban un ajuste estructural (reformas neoliberales) que asegurara el pago futuro de la deuda pendiente (potenciando políticas comerciales que aseguren la entrada de divisas, obligando a mantener ciertas reservas en dólares). La iniciativa HIPC ha resultado un desastre, incluso desde el criterio de los propios “acreedores”: sólo siete países han conseguido reducir su endeudamiento a niveles considerados “sostenibles” por el FMI; países que seguirán pagando del orden del 15% de sus ingresos, una cantidad superior a lo que invertirán la mayoría de ellos en educación o en atención sanitaria; en su conjunto, los países más empobrecidos continúan enviando diariamente 100 millones de dólares a sus prestamistas del Norte .

En total, entre 1980 y 2000 los países pobres han pagado siete veces la deuda externa que acumulaban hace dos décadas. Pero se encuentran con que deben ahora 4 veces más. El mecanismo de dominación de la deuda externa, poco a poco, se ha ido deslizando del terreno de la “suavidad” a la notoria “coerción” (si no pagas, no hay financiamiento externo) característica de los mecanismos “fuertes”. De esta manera, gobiernos como el de Ecuador (tras la salida de Gutiérrez como consecuencia de la insurrección popular), o parcialmente Kirchner, han anunciado que la deuda externa les plantea un problema de soberanía: ¿atender las peticiones de agentes extranjeros que ya han extraído y siguen extrayendo muchos recursos del país o invertir en las necesidades de la ciudadanía?

Los países empobrecidos son, en realidad, acreedores.

“No debemos. No pagamos”. De manera creciente, las redes sociales del llamado Sur, ante el panorama de explotación económica, política, ecológica y social al que se han visto sometidos durante siglos , nos plantean que cambiemos el chip, que desafiemos la creencia, que argumentemos desde la razón: ¿cómo van a considerarse “deudores” aquellas gentes que nunca firmaron nada y sólo están obteniendo a cambio perjuicios?, ¿no es más racional y razonable considerarles como acreedores del Norte, en particular de empresas y gobiernos que estarían endeudados económica, política, ecológica y socialmente con ellos?


La deuda económica: el expolio histórico.

Al margen de la desigualdad en los términos de intercambio comercial y de los expolios que puedan organizar las multinacionales y el capital financiero, el Sur es en realidad un prestamista neto del Norte. Entre 1998 y 2002 los países más pobres enviaron en concepto de pago de deuda 922.000 millones de dólares y recibieron como nuevos créditos 705.000 millones: un saldo negativo de 217.000 millones de dólares. Así, el gobierno español recaudó entre 1996 y 2002 unos 4.400 millones de euros; es decir, la mitad de la cantidad destinada a “ayuda al desarrollo” en ese período ha sido “financiada” por los países del llamado Sur.

Como afirma la famosa carta de un jefe azteca, al puerto de San Lúcar de Barrameda llegaron 185.000 kilos de oro y 16 millones de kilos de plata entre 1503 y 1660. Dado que esta cantidad debería ser reembolsada, estipulando un 10% de interés, inferior al que tuvieron que padecer los gobiernos del Sur durante la década que dio lugar a la crisis de la deuda en los 80, nos encontramos con que América Latina es acreedora de una cantidad de euros cuya cifra supera los 300 dígitos.

La deuda política: dictaduras contra pueblos.

La colonización europea supuso el inicio de varios siglos de dominación que mediante mecanismos “fuertes” o “suaves” ha supuesto siempre que la soberanía de los países del Sur no ha residido en la voluntad de sus habitantes, sino que ésta ha estado en manos de las elites del Norte que han encontrado también intereses compartidos con determinadas elites de estos países empobrecidos.

En muchos casos, este rapto de soberanía da pie a manifestar que muchas de las deudas contraídas fueron manifiestamente deudas ilegítimas: los préstamos que se adquirieron en nombre del país se utilizaron para ir en contra de sus propias gentes. El grueso de la deuda argentina comenzó a gestarse durante la dictadura. El gobierno sudafricano adquiría préstamos que en su tiempo le valían para consolidar el régimen de segregación racial.
Suharto se enriquecía al tiempo que los préstamos empobrecían a los indonesios y le permitían adquirir armamento que utilizaría contra las gentes de Timor. Dinero para violar derechos humanos, para asegurar una gobernabilidad favorable a los intereses de ciertas elites del Norte. En ocasiones el dinero sirve más para enriquecer a una minoría adinerada imposibilitando además la prosecución de un desarrollo de carácter social para sus países. Entre 1970 y 1996 elites africanas depositaron en los bancos del Norte 285.000 millones de dólares, con lo que podríamos interpretar que, dado que el préstamo volvió a donde salió, se debe reembolsar los 106.000 millones de dólares que no se quedaron en el país.

Algunas veces, cuando la legitimidad del entramado financiero estalla por los aires y el dictador se convierte en “dictadorzuelo” sin utilidad para el patio trasero de algún gobierno del Norte, estos personajes son obligados a devolver algunas de las cantidades robadas: el filipino Marcos (600 millones de dólares en Suiza), Fujimori y Moratinos (67 millones), etc. En la misma senda, ¿qué podríamos decir de proyectos fastuosos como las Tres Gargantas de China que han recibido financiación internacional y que suponen el desplazamiento de miles de familias? ¿O de Repsol, multinacional joya-de-la-corona, que siembra el pánico social y medioambiental en África o en Latinoamérica (ver cuadro adjunto)? ¿Pueden considerarse que las contabilidades esgrimidas representan “deudas del Sur” o más bien al contrario?

Hay que decir que existe un respaldo jurídico internacional que permitiría a un país repudiar aquella deuda heredada de un gobierno despótico, la llamada deuda odiosa. Se estima que al menos un 20% de la deuda de los países empobrecidos se encuadraría en ella.


La deuda ecológica: el mundo como banquete para unos pocos.

La intervención de las multinacionales extranjeras en los países del Sur deja su huella, no sólo en los etéreos libros de contabilidad, sino también en el propio terreno. Se trata de la deuda ecológica, aquella generada a través de la deuda del carbono, por la biopiratería, por los pasivos ambientales, por la exportación de residuos tóxicos y por la deuda alimentaria.

La deuda del carbono tiene su origen en la contaminación desproporcionada de los países más industrializados, causante del calentamiento global del planeta. La emisión de CO2 por habitante en Estados Unidos es de 5,38 toneladas, en el Estado español de 2,45 toneladas, mientras que en la India es de tan sólo 0,22. Si a la Unión Europea se le aplicase la multa de 100 euros por tonelada que superase los umbrales previstos en el propio tratado de Kyoto, tendríamos que la deuda acumulada del carbono sería en 1990 de 980.500 millones de dólares, cifra superior a la deuda externa de los países más pobres, unos 870.000 millones por aquel entonces. Unos contaminan y no pagan. Otros son contaminados y reciben sequías, desertificaciones y dantescas hambrunas como consecuencia de ello.

La deuda por biopiratería es resultado de la apropiación comercial de conocimientos ancestrales o de recursos biológicos del Sur. Por ejemplo, la “ayahuasca” es una bebida espiritual y medicinal usada por indígenas del Amazonas y que en 1986 patentó un ciudadano de Estados Unidos. La multinacional Procter & Gamble seleccionó los frijoles más amarillos que extrajo de México, desarrollando un “nuevo producto”. Ahora los campesinos mejicanos deben pagar por comercializar estos frijoles.

La deuda por pasivos ambientales proviene de la contaminación del aire, del suelo y del agua, y de la muerte de personas y de ecosistemas como consecuencia de la actividad de empresas del Norte. Recordemos que la fábrica de la Unión Carbide en Bohpal dejó tras de sí en 1984 un reguero macabro de 5.000 muertes y 150.000 enfermos. Se estima que los vertidos que ocasionan los 300 pozos de la petrolera Texaco en Ecuador afectan a más de 300.000 personas. Sin respetar legislaciones y acuerdos medioambientales, al margen de los focos mediáticos, y consiguiendo hacer caer a las comunidades pobres en sus redes a cambio de algunos dólares, las multinacionales contaminan sin importarles el impacto, medioambiental y social, que tienen en muchas reservas biológicas del planeta.

La deuda de la exportación de residuos se genera mediante el envío de materiales altamente peligrosos para la salud de la población y para el medio ambiente que gobiernos y empresas no pueden ni quieren almacenar en el Norte. Por ejemplo, los Estados Unidos exportan el 80% de los aparatos eléctricos recogidos para reciclar a países como China, India y Pakistán donde acabarán en vertederos no sujetos a ningún control.

La deuda alimentaria se incrementa día a día a través de un consumo alentado por las grandes multinacionales que impide a los países del Sur desarrollar modelos agrícolas destinados a satisfacer las necesidades básicas de sus habitantes. Los modelos agroexportadores se imponen a través del FMI, que busca que los países se especialicen en la producción de unas cuantas materias primas para su venta en el mercado mundial; y a través de las pautas de consumo insostenibles (social y medioambientalmente) del 20% más privilegiado del planeta: los langostinos llegan “baratos” a la mesa, tras haberse extraído en condiciones laborales que no quisiéramos para nosotros y no haber incorporado en los costes la “factura” de su transporte desde el Sur o de los caladeros esquilmados.

De esta manera, los gobernantes de Brasil, en lugar de favorecer la reforma agraria, reducían en un 75% el presupuesto disponible para la compra de tierras durante el 2003 (de 462 millones de reales previstos a 162). Se privilegia el pago de la deuda externa (que requiere reducir gastos sociales) y la exportación de soja transgénica (de gran demanda en granjas de animales del Norte) . Argentina, a su vez, será un exportador de carne mientras en regiones pobres del país se extiende la desnutrición y hay niñas y niños que se mueren de hambre. Los “privilegiados” del Norte les dicen al Sur qué producir y cómo hacerlo, sin que importe quién paga los platos.
Nos comemos el mundo, hacemos uso de bienes ecológicos de otros pueblos. Un dato ilustrativo es que en España la importación de materiales crece más rápido que lo que se produce, es decir, devoramos más para satisfacer aún menos las necesidades más básicas de la humanidad.


La deuda social: la injusticia global.

Las deudas que generamos con respecto al Sur se alimentan unas a otras. La deuda económica alentará la irrupción de conflictos armados y la deforestación de zonas para satisfacer los pagos, constituyendo un auténtico “boomerang” para los países del Norte (George 1993). La deuda política generará a través de corruptelas y de dictadores más deuda económica. La necesidad de recursos del Sur hará que sean más palpables las necesidades de apoyar regímenes adeptos que a su vez serán más proclives a endeudar más a sus pueblos.

Todas esas deudas desembocan en una deuda social con los habitantes de los países empobrecidos. El pago de la deuda externa de un país como Tanzania fue, en 1998, 9 veces el gasto en educación primaria. Los 38 países más pobres este servicio de deuda es superior a su gasto en salud (PNUD 1999).

Buena parte de la deuda económica de los países empobrecidos, en torno al billón de dólares, se ha generado por la venta de armamento. Ni siquiera la existencia de una situación de catástrofe humanitaria, como la acontecida tras el Tsunami en tierras asiáticas, impide la comercialización de la ayuda humanitaria: la mayor parte de la ayuda prometida por el gobierno español tras el desastre eran créditos condicionados a la compra de bienes y servicios de empresas españolas. El comercio injusto reforzará un mundo injusto: Nike pagaba a 6.000 trabajadores indonesios 2 millones de dólares por producir unas zapatillas que Michael Jordan anunciaba por 20 millones.

¿Y ahora qué?

Los países pobres no son deudores, son acreedores. No sólo hemos contraído una deuda con ellos (y gobiernos y multinacionales tienen la mayor cuota de responsabilidad en la misma). Sino que, además, debemos impedir en el futuro que se reproduzcan estos mecanismos de dominación.
¿Y qué dicen las élites al respecto? De cara a la cumbre del G-8 (Escocia, en julio) se ha generado un debate sobre cómo reinventarse el enésimo mecanismo de reducción de la pobreza. Gran Bretaña, Canadá y Holanda hablan de cancelar parte del servicio, nunca el grueso de la deuda, de un cierto número de países, con el dinero que saliese de un fondo especial y de la venta de oro del FMI.

Estados Unidos se opone, no está “convencido” de la necesidad y de la bondad del alivio de la deuda, en todo caso podría entender que parte del dinero de la ayuda al llamado “desarrollo” o de instituciones internacionales se destine a rebajar los pagos. De cualquier forma se trata de medidas simbólicas. Son parches que pretenden recuperar legitimidad para seguir aplicando un instrumento de dominación “suave”. La Deuda seguirá creciendo en su conjunto. Y las reducciones puntuales, en el corto plazo, como las experiencias de cancelación de deuda externa de los gobiernos españoles, se reducirá a una parte de la deuda que se sabe que no se va a cobrar, y tendrá como objetivo favorecer la penetración de empresas españolas en estos países.

No podemos seguir por este camino. Son necesarios otros modelos de relación entre el Norte y el Sur y entre las personas y el medioambiente. Las necesidades de las personas (materiales y de expresión) deben estar en el centro de reproducción de nuestras sociedades. Las personas, las comunidades y los países han de tener el derecho y la voluntad de apostar por una soberanía social y alimentaria. La economía, menos aún la ortodoxia neoliberal, no debe establecerse como una verdad y una racionalidad únicas.

Debemos pensar en términos de solidaridad y de libertad, y de armonía con el medio natural en el que estamos insertos. ¿Qué podemos hacer? Individualmente tenemos una responsabilidad como consumidores. Podemos estar bien y felizmente alimentados sin que por ello tengamos que comernos otros países.

Colectivamente, en el plano de las redes sociales un primer paso lo constituirá el reconocimiento de la existencia de una deuda (económica, política, ecológica, social) que tenemos con el Sur, y la reclamación de la puesta en marcha de iniciativas para su abolición. Por ello diversos colectivos (ATTAC, Ecologistas en Acción, Cristianos de Base, Derech@s para Tod@s, RCADE, entre otros) nos hemos puesto a trabajar en la campaña “¿Quién debe a Quién?”, en la que aparte de sensibilización y acciones de protesta, promovemos una serie de reivindicaciones concretas al gobierno español (ver www.quiendebeaquien.org).

Pero no bastarán estas medidas. Podremos pensar y construir otro modelos en la medida en que nos enredemos organizaciones y enredemos también las soluciones que proponemos: una mayor ayuda pero que realmente esté destinada a un desarrollo social, la abolición de los paraísos fiscales y la implantación de una tasa que grave y controle el flujo especulativo de capitales, la recuperación y el mantenimiento de bienes públicos (agua, salud, educación, energía, etc.), la eliminación de ejércitos y la liberación así de ingentes recursos para las necesidades sociales de la población mundial, etc.

La construcción de un mundo en el que solidariamente quepan muchos mundos, necesitará de que las y los rebeldes se busquen y traben sus rebeldías; de que alteremos los mecanismos de dominación en el presente, sin que por ello escatimemos esfuerzos para recrear espacios (pautas sociales, redes) que apunten a otros modelos sociales más humanos y menos mercantilizados.


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2 comentarios:

Antonieta Delli carpini Vargas dijo...

Muy bueno vuestro documento, pero deberia agregar, si me lo permiten, que si haces esta critica al sistema te tachan de "comunista" o con otro arquetipo degradante departe de mentes automatizadas por el siestema que criticamos, deberiamos aportar conocimientos claros de los origenes y trasfondo del sistema neoliberal y plasmar los rostros e identidades que planifican el esclavismo, engaño, ocultamiento y hasta la devastacion de nuestra humanidad, soy optimista, a pesar de esta verdad, espero el gran cambio, no gracias a los despiertos de nuestro mundo, pues no somos suficientes, si no al suicidio del sistema, pues no creo que le quede poder para seguir sustentandose y ocultando sus intenciones, por otro lado, hay mas informacion que esta emergiendo a la superficie de la sensatez, multiplicandoce hasta que ya no puedan recuperarse, ademas hay, en este escenario colecivo mundial, una tercera "personas" que ya deben estar trabajando por nosotros. Gracias...

Yessenia Q dijo...

pienso que el sur si depende del norte tanto que el norte depende del sur ya ante la perspectiva de exploración económica, política, ecológica y social que se ha visto sometidos a su intercambio comercial y expolio que organizan las multinacionales y el capital financiero, en fin, el sur es en realidad un prestamista neto del norte.